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Ternera al horno

Uno de los platos preferidos por los montevideanos es la ternera al horno con puré. Una vez me explicaron que lo tierno de esa carne se debe a que la matanza pasa mucho por mercados no santos, es decir, faena clandestina bajo mano, o declaraciones adulteradas, o yo que sé. También es posible que mi informante posara de entendido y fuera un simple charlatán. También oí que, en verdad, las terneras son terneros de la cuenca lechera que como no dan leche van prontamente a los mataderos. Pero lo que sí verdad es que si uno se guía por los pizarrones negros escritos con tiza blanca en las veredas de los muchos restaurantes de la capital deduce, que junto con la buseca, la ternera al horno es el plato nacional de los uruguayos que allí viven.

La comida fue abundante, aunque sin entrada ni postre, que es como se debe comer algo que se lo merece de acuerdo a su gastronómica personalidad. Una botella de tres cuarto de Tannat, el único vino que saben hacer los uruguayos, empujó hacia abajo lo material y hacia arriba sus vapores.

Si describo la fotografía de aquel momento tendría que decir.

Había terminado de almorzar y esperaba no sé qué cosa con ojos de oso en hibernación. El dedo índice de la mano derecha recorría el borde de la copa, lentamente, en el sentido de las agujas del reloj, mientras el vino tinto grueso miraba quieto con su ojo redondo y fragante. La mano izquierda apenas presionaba el pie playo posado sobre el mantel a cuadros rojos y amarillos. Y ahora el dedo va en el sentido contrario de las agujas del reloj. Para el otro lado. Muy lento. El vino quieto, esperando. La brisa que entraba por la puerta frontal se escapaba de puntillas por la terraza del fondo. Y yo seguía haciendo girar mi dedo sobre la copa de vidrio transparente e indiferente. Allá los geranios encarnados y las pequeñas violetas escondidas. Pesada digestión, alma en paz, presión alta sobre los hombros caídos.

Un tonto bien puede ser una persona normal colocado en una situación de hartazgo.
Catalino

 

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