PRINCIPAL
Nuevos cuentos 2008
Jorgelina
La balanza de Juan
Esto no es Cuento
El Asesino
Domingo El Viudo
El Final
Gentile
El Grafito
Qué Pasa
Rosa
La Caminata
La Botella que no Pudo Viajar
Las Bocinas de Julio
Los Antepasados de Pedro
La Heladera
El torrente
Colección Cuentos breves

Una muerte cualquiera

cuentos

Invitados

A un metro de la vida

La rosa negra

El juego

Alerta

El Pago en el Corazón

xx
Escríbale a Catalino

El final

Sólo dos de las mesas estaban vacías, eran las que se apoyaban contra la pared del fondo, la más lejana de la puerta de acceso y de las vidrieras que daban a la concurrida avenida de la Independencia. Cuando Pedro García entró con su mujer, Elena, le indicó con la cabeza una de ellas y allí se sentaron. Fue en aquella otra, dijo Elena señalando la mesa que daba a la avenida junto a la puerta. Está ocupada, ¿no ves?, fue la seca respuesta de Pedro. 
El local les pareció bastante más chico de lo que recordaban. Cuando ella lo hizo notar, él señaló que estaban más gordos que quince años atrás. Elena pensó en responder que, sin embargo, eran los mismos; pero juzgó oportuno no decirlo porque no estaba convencida de que lo fueran. Algo que tampoco continuaba igual, eso no se lo podía discutir su marido, era que los ocupantes de las mesas no seguían siendo parejas con las cabezas próximas sobre las mesas cuadradas y pequeñas; había en ellas un empaque distinto. Se diría que estaban en almuerzos de trabajo. Y aunque los manteles de tela en cuadrículas rojas y blancas permanecían allí, con un diseño algo más pequeño tal vez, éste no era aquél lugar. 
Elena esperó encontrar a los mozos de entonces, que debían ser los mismos, pero más viejos. No fue así. Cuatro jóvenes servían las mesas con gran desenvoltura. No usaban zapatos de charol, sino deportivos de suela de goma; el clásico pantalón negro y saco blanco con camisa también blanca y corbata de lazo, había dejado paso a un pantalón de jean castaño y camisa de la misma calidad y color abierta en un cuello amplio por donde salía a borbotones la juventud de los pocos años. Se movían muy rápido entre las mesas y, en lugar de gritar los pedidos, anotaban todo en una pequeña libreta que escribían colocándola a la altura de los hombros. 
También la decoración había cambiado algo. Los motivos camperos, espuelas, recados, rebenques, facones, boleadoras, cornamentas y demás, estaban allí pero mucho más cuidados y prolijos que los de entonces, aquellos que le hicieron decir a Pedro, "huele a vaca". Pedro, no tenía treinta años todavía ni patrimonios que defender ni la amargura de tener, como ahora, una ocupación permanente, muy lucrativa y rutinaria. Que el restaurante oliera a vaca era parte de esas salidas festejables hasta la guarangada. Jovialidad de los buenos tiempos iniciales, alegría que llena los enormes espacios en que podemos solazarnos no pensando en nada. Reír por reír, sin tiempo ni premuras.
Elena intentó pensar en qué tiempo se quebró todo aquel encanto que hoy, sin proponérselo expresamente ninguno de los dos, buscaban recuperar volviendo al sitio donde lo suyo había empezado. Empezó, entonces, con un almuerzo fuera de la oficina. Y como en todos los buenos cuentos aquel joven le dijo a aquella dama que la quería, no que la amaba. Yo te quiero Elena, ¿y vos? 
Fue Pedro también el que dijo hoy de mañana, quince años después, vamos a "El Estribo" y ahora estaban aquí, pero no eran ellos ni era aquí. La sensación no es novedosa, le ocurre a las personas que regresan a los viejos colegios, o a la casa donde vivieron los primeros años: les parecen sitios más pequeños, techos bajos, ventanas mezquinas, cuando el recuerdo tenía hasta ese momento la inmensidad del universo. Elena intentó pensar, pero no pudo. Advirtió que no era el sitio el que había cambiado. Comprendió que la presencia de Pedro siempre fue demasiado rotunda para ella. En un principio él era el prometedor jefe de sección y ella su secretaria. Luego hasta en lo físico se agrandaron las diferencias. Y no era ese peso corporal enorme de Pedro que a medida del paso de los años se hacía más terminante, era la desesperante sensación de Elena de sentirse inferior, de haber estirado la distancia. "El Estribo" la ayudó a comprender. De aquellos dos guarangos felices tomados tontamente de la mano, como si el débil y húmedo contacto les permitiera no perderse, se habían convertidos en dos seres diferentes que se agredían en la desigualdad. 
Eligieron del menú comiendo casi en silencio. Pedro comentó que de acuerdo a lo que él sabía de la clientela y por los precios de cada plato, el negocio era muy rentable. Nombró a varios conocidos que almorzaban en ese momento acompañado con un "no mires" innecesario, porque Elena ya no tenía, desde hacía sólo unos momentos, el menor interés por sus comentarios ni por los demás comensales. La comida perdió el sabor con que fue elaborada, pero fue ganando otro que tenía que ver con el cambio interior de la mujer que ahora masticaba con la calma inteligente de las voluntades recuperadas. Algo le pasaba en las entrañas, como si de golpe sus vísceras se liberaran del peso de algo que de estar siempre apretándolas se consideraba parte de ellas, y no.
Pedro seguía hablando con sus largos discursos, sus secos silencios y sus sentencias cortas. Pero Elena no hacía el menor esfuerzo por escuchar. Levantó la vista y no le pareció viejo, o no tan joven como entonces, solamente extraño. ¿De quién era ese rostro moreno y cuarentón, la mandíbula firme, y los ojos negros y quietos detrás de los lentes de rechazante armazón marrón? 
Él levantó la vista y comprendió de golpe el brillo nuevo de los ojos oscuros de su mujer. Todo terminaba donde había comenzado.
Llamó al mozo para pagar.

Prohibida la reproducción comercial total o parcial si autorización del autor.

 

 

Gente busca Gente - Reiki - Punta del Este en fotos - Nueva Palmira - Cursos gratis - Aerografía - Serigrafía - Mecánica 2T - Ingles

Dueño alquila todo el año - La casa del Sol - mascotas - Arte on line - Astrología free - Amor y amistad - Mercury messenger - aMsn


Todos los derechos reservados del material en este sitio sin expresa autorización del autor. 2005/2008