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Sólo dos de las mesas estaban vacías, eran las que se apoyaban contra
la pared del fondo, la más lejana de la puerta de acceso y de las
vidrieras que daban a la concurrida avenida de la Independencia. Cuando
Pedro García entró con su mujer, Elena, le indicó con la cabeza una de
ellas y allí se sentaron. Fue en aquella otra, dijo Elena señalando la
mesa que daba a la avenida junto a la puerta. Está ocupada, ¿no ves?,
fue la seca respuesta de Pedro.
El local les pareció bastante más chico de lo que recordaban. Cuando
ella lo hizo notar, él señaló que estaban más gordos que quince años
atrás. Elena pensó en responder que, sin embargo, eran los mismos; pero
juzgó oportuno no decirlo porque no estaba convencida de que lo fueran.
Algo que tampoco continuaba igual, eso no se lo podía discutir su
marido, era que los ocupantes de las mesas no seguían siendo parejas
con las cabezas próximas sobre las mesas cuadradas y pequeñas; había en
ellas un empaque distinto. Se diría que estaban en almuerzos de
trabajo. Y aunque los manteles de tela en cuadrículas rojas y blancas
permanecían allí, con un diseño algo más pequeño tal vez, éste no era
aquél lugar.
Elena esperó encontrar a los mozos de entonces, que debían ser los
mismos, pero más viejos. No fue así. Cuatro jóvenes servían las mesas
con gran desenvoltura. No usaban zapatos de charol, sino deportivos de
suela de goma; el clásico pantalón negro y saco blanco con camisa
también blanca y corbata de lazo, había dejado paso a un pantalón de
jean castaño y camisa de la misma calidad y color abierta en un cuello
amplio por donde salía a borbotones la juventud de los pocos años. Se
movían muy rápido entre las mesas y, en lugar de gritar los pedidos,
anotaban todo en una pequeña libreta que escribían colocándola a la
altura de los hombros.
También la decoración había cambiado algo. Los motivos camperos,
espuelas, recados, rebenques, facones, boleadoras, cornamentas y demás,
estaban allí pero mucho más cuidados y prolijos que los de entonces,
aquellos que le hicieron decir a Pedro, "huele a vaca". Pedro, no tenía
treinta años todavía ni patrimonios que defender ni la amargura de
tener, como ahora, una ocupación permanente, muy lucrativa y rutinaria.
Que el restaurante oliera a vaca era parte de esas salidas festejables
hasta la guarangada. Jovialidad de los buenos tiempos iniciales,
alegría que llena los enormes espacios en que podemos solazarnos no
pensando en nada. Reír por reír, sin tiempo ni premuras.
Elena intentó pensar en qué tiempo se quebró todo aquel encanto que
hoy, sin proponérselo expresamente ninguno de los dos, buscaban
recuperar volviendo al sitio donde lo suyo había empezado. Empezó,
entonces, con un almuerzo fuera de la oficina. Y como en todos los
buenos cuentos aquel joven le dijo a aquella dama que la quería, no que
la amaba. Yo te quiero Elena, ¿y vos?
Fue Pedro también el que dijo hoy de mañana, quince años después, vamos
a "El Estribo" y ahora estaban aquí, pero no eran ellos ni era aquí. La
sensación no es novedosa, le ocurre a las personas que regresan a los
viejos colegios, o a la casa donde vivieron los primeros años: les
parecen sitios más pequeños, techos bajos, ventanas mezquinas, cuando
el recuerdo tenía hasta ese momento la inmensidad del universo. Elena
intentó pensar, pero no pudo. Advirtió que no era el sitio el que había
cambiado. Comprendió que la presencia de Pedro siempre fue demasiado
rotunda para ella. En un principio él era el prometedor jefe de sección
y ella su secretaria. Luego hasta en lo físico se agrandaron las
diferencias. Y no era ese peso corporal enorme de Pedro que a medida
del paso de los años se hacía más terminante, era la desesperante
sensación de Elena de sentirse inferior, de haber estirado la
distancia. "El Estribo" la ayudó a comprender. De aquellos dos
guarangos felices tomados tontamente de la mano, como si el débil y
húmedo contacto les permitiera no perderse, se habían convertidos en
dos seres diferentes que se agredían en la desigualdad.
Eligieron del menú comiendo casi en silencio. Pedro comentó que de
acuerdo a lo que él sabía de la clientela y por los precios de cada
plato, el negocio era muy rentable. Nombró a varios conocidos que
almorzaban en ese momento acompañado con un "no mires" innecesario,
porque Elena ya no tenía, desde hacía sólo unos momentos, el menor
interés por sus comentarios ni por los demás comensales. La comida
perdió el sabor con que fue elaborada, pero fue ganando otro que tenía
que ver con el cambio interior de la mujer que ahora masticaba con la
calma inteligente de las voluntades recuperadas. Algo le pasaba en las
entrañas, como si de golpe sus vísceras se liberaran del peso de algo
que de estar siempre apretándolas se consideraba parte de ellas, y no.
Pedro seguía hablando con sus largos discursos, sus secos silencios y
sus sentencias cortas. Pero Elena no hacía el menor esfuerzo por
escuchar. Levantó la vista y no le pareció viejo, o no tan joven como
entonces, solamente extraño. ¿De quién era ese rostro moreno y
cuarentón, la mandíbula firme, y los ojos negros y quietos detrás de
los lentes de rechazante armazón marrón?
Él levantó la vista y comprendió de golpe el brillo nuevo de los ojos
oscuros de su mujer. Todo terminaba donde había comenzado.
Llamó al mozo para pagar.
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