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El corazón yacente

Antes de que existiera esa costumbre de formar logias de élite como la generación 83, o la del Día del Pescador, o la de la Ámsterdam – anillo inferior, nosotros los muchachos de la calle Gral. Peinado (¡vaya a saber quién fue el fulano!) nos juntábamos los sábados de la alta tarde a tomar unas cervezas y comer unos chorizos antes de direccionar las noches hacia lo de la novia, el baile o el queco.

Era casi la forma de llenar un espacio entre el laburo del sábado inglés (medio día para los que no lo saben), el corte de pelo en lo de Alcides, alguna cosa que la vieja nos pedía que hiciéramos en casa........... y el baño, la empolvada, el empilche y la salida a romper la noche. Allí, con las primeras sombras, ocurría lo de la cerveza, los chorizos y la programación tratando de que ninguno quedara solo. Se fueron haciendo entrañables amistades, de fierro como se las nombraba. Incluía paradas bravas, alguna que otra piña y el pasaje por la comisaría en averiguación.

Los muchachos crecimos y salimos buenos. En eso coincidimos, hasta hoy, todos los que correteamos por Gral. Peinado y nos juntábamos en el boliche de don Esteban. El viejo suele decir todavía desde sus noventa años cumplidos en mayo, después de cerrar el comercio hace veinte años: ¡qué buenos pibes eran, puro corazón!

También prosperamos. Todos con coche, negocios, algunos universitarios, familia. Un muerto. Somos once.

El día de este cuento nos reuníamos – ahora lo hacemos una vez por mes – en la chacra de Atilio, después de Solís de Mataojo.

Detuve el coche frente a la carnicería que está cerca de la plaza de ese pueblo del camino. Quería llegar a lo de Atilio con un asado abundante y los chorizos para una docena de personas. Dos cuadras más adelante, en la panadería, compraría, como de costumbre, el pan en rosetas y el vino tinto. Me abrí paso entre las tirillas multicolores de la cortina de entrada que, con la misma facilidad que dejan pasar a la gente, mantienen afuera a las moscas. En el fresco interior, sólo el carnicero detrás del mostrador blanco. Carne troceada y un corazón vacuno. Dicen que el corazón palpita imperceptible varias horas antes de morir del todo. ¿Qué va a llevar? No pude apartar los ojos del rojo corazón yacente sobre la fría mesa de mármol. Nada, nada, dije con ridícula torpeza en retirada.

Mientras regresaba a Montevideo fui pensando como explicarle a los amigos el injustificable plantón.

Catalino.

 

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