|
| |
Ramón era un uomo
cualunque. Además, jubilado. Dos hijos varones en España y su mujer en
el Buceo. El día de la despedida, luego de quince años en la
Corporación, sus compañeros le entregaron el reloj chino. Ramón quedó
impresionado porque era un reloj grande, de caja negra, puerta de
vidrios acristalados con firuletes exóticos, con péndulo y una llave
metálica para darle cuerda cada quince días. Tenía dos agujeros en donde
meter la llave: uno para hacer marchar la relojería y otro para hacer
sonar las campanadas en las horas en punto. No bien llegó a su casa lo
midió. Cuarenta y cinco de alto, por veintiséis de ancho, por catorce de
fondo. El péndulo era plateado, redondo, espejado. Por dos ventanitas
cuadradas se podía leer la numeración correspondiente y el nombre del
día de la semana en inglés abreviado. La primera lectura fue 14 _ Thu.
Colgó el reloj en el clavo en donde antes estuvo el retrato de Etelvina.
La mirada de su mujer muerta lo estaba molestando desde hacía un tiempo
y le mandó el cuadro a una cuñada que por entonces vivía y le gustaba
juntar cosas de familia. Encontró que el movimiento del péndulo le daba
cierta movilidad a la austera quietud de un living sólo habitado por él.
Había desechado la idea de vivir con una mascota, pendiente de las
necesidades de un animal. El reloj chino estaba bien y no tendría que
sacarlo a pasear.
No le importó que cuando averiguó el precio del regalo supo que a cada
uno de los contribuyentes les costó menos que un atado de cigarrillos.
Se conformó pensando que son los nuevos valores de la economía china al
amparo de la explosión demográfica y que un gesto afectuoso como el de
reconocer la trayectoria laboral de un hombre no debe medirse por el
costo del obsequio. Siendo francos digamos que ni él mismo quedó muy
convencido. El reloj tocó las campanadas de la hora en punto una vez
sola para luego enmudecer de por vida.
Dos días después, el vecino de puerta en el condominio, de buenos modos
pero con alguna impertinencia, le dijo que el ruido del reloj no lo
dejaba dormir. Las paredes son muy finas, ticholos de diez centímetros
iba pensando Ramón, mientras el vecino sugería que se llevara el reloj a
una habitación interior, en tanto seguía pidiendo disculpas y
reconociendo que poseía un oído muy sensible, al tiempo que él no tuvo
más remedio que confesar su sordera. Pidió una semana de tolerancia, a
lo que el otro accedió con un “no hay apuro, vecino, sólo quería que
supiera...”
Dos meses más tarde el vecino se mudó. Entonces vino a ocupar su
apartamento la vieja del batón marrón y el gato blanco de ojos rojos.
Desde el primer cambio de mirada se supo que el gato y Ramón no serían
amigos. Sin dudas la arisca mujer que nunca saludaba sospechó que el
hombre mataría al gato no bien pudiera. Pero se equivocaba, no porque no
fuera esa la intención de Ramón, sino porque él era incapaz de matar a
nadie, hasta entonces.
El reloj había fijado domicilio en el dormitorio aunque con algunos
tropiezos. Tuvo que clavar un clavo en la pared que quedaba a los pies
de la cama y en eso tenía experiencias negativas y herramientas muy
pocas. Le pidió un martillo al vecino del 206 que era de los pocos con
el que tenía un trato, digamos, cordial, ¿o social?, más bien social. En
la ferretería pidió un puñado de clavos y aclaró que era para clavar un
reloj en la pared. El ferretero desenvolvió el paquetito de los clavos
ya prontos para llevar explicando que esos eran para madera y que los
que debía llevar eran estos otros ¿ve?, levantando uno a los ojos del
cliente, que son de acero. Me va a cobrar más pensó, Ramón, y así fue.
Al sexto intento el clavo quedó moderadamente firme. La escoba barrió
del suelo los escombros de la casi demolición y el cuerpo robusto del
reloj tapó los agujeros del revoque. Miró su obra acostado en la cama y
le entró la duda de si el clavo aguantase el peso. Cada vez que le daba
cuerda comprobaba la inestable seguridad de su obra. Nada pasó hasta el
sismo.
La vieja de al lado enfermó y una sobrina más joven vino a cuidarla. El
gato blanco pasó a dormir sobre un felpudo en la puerta principal del
apartamento, en el pasillo alto, de uso común, oscuro y húmedo. Con el
correr de los días cierto vaho se hizo habitual. La señora está enferma
dijo el portero y la sobrina es muy limpia, agregó. Los restos de
solidaridad del jubilado lo resignaron al silencio. El invierno lo
confinó en el dormitorio. Allí estaba el televisor, la radio, el
radiador de aceite, la colección de almanaques de Banco de Seguros, y el
reloj chino. Se sentía protegido.
Una de las últimas veces que salió encontró al regreso una carta, que se
había deslizado por debajo de la puerta; era de Adalberto, el hijo que
vivía en Barcelona. En la letra del sobre reconoció la de su nuera
española. Le conocía la caligrafía porque al final de los escritos
breves y espaciados de su hijo, ella agregaba alguna cosa que
invariablemente empezaba con: Papá. No la conocía, pero era amable.
Ahora el sobre traía su letra. Ramón pensó en abrirla como es natural,
pero decidió dejarla sobre la mesa y ahí quedó. Algo le decía que nada
bueno podía anunciar.
Pasaron algunas semanas en las que se fue encogiendo en el entorno de su
dormitorio. Su mayor distracción era la colección de anuarios del Banco
de Seguros que años atrás lo habían convertido en técnico constructor de
estufas de leña, aunque nunca tuvo ninguna. ¡Qué época!, pensaba
añorando sus ilusiones de tener una casa de campo, él más ciudadano que
el cordón de la vereda.
Otra tarde halló en el suelo carta de su hijo en Tenerife. El remitente
era R.C. Pasaje Sitjá 16 _ Santa Cruz de Tenerife_ Islas Canarias. El
matasello decía 2008-06-13. La dejó también sin abrir, junto a la otra.
No tenía teléfono por dos razones: ¿quién lo iba a llamar?, y era caro.
Un uomo cualunque en aislamiento.
Lo único importante que le pasó por entonces fue el sismo de la
madrugada del último domingo de julio. Dormía a las tres de la mañana.
Oyó un golpe seco que retumbó y lo dejó sentado en la cama. Encendió la
luz, miró la pared de enfrente y el reloj chino no estaba a la vista. No
supo por qué, pero creyó que fue un sismo. Siempre tuvo temor a los
terremotos, desde el de San Juan en el 45. De chico soñaba que el techo
caía sobre su cama de bronce y lo aplastaba junto al colchón de lana y
el elástico vencido. Nunca quiso decir terremoto por aquel recuerdo:
decía sismo o seísmo que fue un término que apareció después. Cuando se
levantó vio al reloj caído con los vidrios hechos añicos en el piso de
baldosas, pero ni por un momento pensó que se había aflojado el clavo.
Luego de tantos meses sólo podía voltearlo un sismo. Lo levantó y lo
puso sobre la cómoda. Recordó haberle dado cuerda antes de acostarse.
Estaba detenido a las tres y dos minutos. Hora del sismo se dijo. En el
techo y las otras paredes no habían rajaduras, de donde concluyó que fue
muy bajo en la escala de Ritcher. Caminó el apartamento para comprobar
que todo estaba en su lugar. Volvió a la cómoda e intentó hacerlo
funcionar, pero el reloj chino, su reloj chino, estaba muerto. Era el
final de algo, no mecánico sino de algo muy importante de su vida.
Salió al pasillo. Encontró la bola blanca del gato de la vieja de al
lado enrollado sobre el felpudo. No pensó. Las cesuras no son cosas de
poesía, también de signos vitales, muy humanos y profundos. Le pegó la
brutal patada con la pierna izquierda, la más hábil y poderosa. El
doloroso aullido del animal llenó los silencios de todos los pisos del
edificio. Ramón, inesperadamente ágil, entró a su apartamento y cerró la
puerta con llave. Oyó conversaciones casi inmediatas que no pudo
entender, pero nadie lo molestó.
Varios días después habló con el 206 que no tenía noticias de ningún
sismo y lo miró con cara de “a este que le pasa”.
El reloj siguió inmóvil. Un día se dijo que el péndulo necesitaba algo
de ánimo para retomar aquella cadencia de vaivén. Movió la boca para la
izquierda y luego para la derecha. No dudó en creer que si hacía eso
sesenta veces seguidas el péndulo lo iba a imitar. Minuto segundo uno, a
la izquierda; minuto segundo dos, a la derecha; minuto segundo tres, a
la izquierda; minuto segundo cuatro, a la derecha; minuto segundo cinco,
a la izquierda. El problema estaba en que olvidaba el conteo y que nunca
llegó más allá del cuarenta y tres. Estas incentivaciones al péndulo
empezó a hacerlas de mañana y, a veces, de tarde. De a poco las fue
haciendo más y más continuas. Hasta se dormía diciendo minuto segundo
catorce mientras le corría una baba espesa por la barbilla.
Sintió que entraron varios que se lo llevaron escaleras abajo en una
camilla. Al pasar por las otras puertas del edificio creyó ver a la
vieja de al lado con el gato en brazos, al 206 moviendo la cabeza de un
lado al otro y al portero diciendo “cualquier cosa me avisa”.
Ramón tuvo la certeza de que después del sismo allí no se podía vivir
más.
Catalino
|
|
|
|