PRINCIPAL
Nuevos cuentos 2008
Jorgelina
La balanza de Juan
Esto no es Cuento
El Asesino
Domingo El Viudo
El Final
Gentile
El Grafito
Qué Pasa
Rosa
La Caminata
La Botella que no Pudo Viajar
Las Bocinas de Julio
Los Antepasados de Pedro
La Heladera
El torrente
Colección Cuentos breves

Una muerte cualquiera

cuentos

Invitados

A un metro de la vida

La rosa negra

El juego

Alerta

El Pago en el Corazón

xx
Escríbale a Catalino

El sismo

Ramón era un uomo cualunque. Además, jubilado. Dos hijos varones en España y su mujer en el Buceo. El día de la despedida, luego de quince años en la Corporación, sus compañeros le entregaron el reloj chino. Ramón quedó impresionado porque era un reloj grande, de caja negra, puerta de vidrios acristalados con firuletes exóticos, con péndulo y una llave metálica para darle cuerda cada quince días. Tenía dos agujeros en donde meter la llave: uno para hacer marchar la relojería y otro para hacer sonar las campanadas en las horas en punto. No bien llegó a su casa lo midió. Cuarenta y cinco de alto, por veintiséis de ancho, por catorce de fondo. El péndulo era plateado, redondo, espejado. Por dos ventanitas cuadradas se podía leer la numeración correspondiente y el nombre del día de la semana en inglés abreviado. La primera lectura fue 14 _ Thu.


Colgó el reloj en el clavo en donde antes estuvo el retrato de Etelvina. La mirada de su mujer muerta lo estaba molestando desde hacía un tiempo y le mandó el cuadro a una cuñada que por entonces vivía y le gustaba juntar cosas de familia. Encontró que el movimiento del péndulo le daba cierta movilidad a la austera quietud de un living sólo habitado por él. Había desechado la idea de vivir con una mascota, pendiente de las necesidades de un animal. El reloj chino estaba bien y no tendría que sacarlo a pasear.
No le importó que cuando averiguó el precio del regalo supo que a cada uno de los contribuyentes les costó menos que un atado de cigarrillos. Se conformó pensando que son los nuevos valores de la economía china al amparo de la explosión demográfica y que un gesto afectuoso como el de reconocer la trayectoria laboral de un hombre no debe medirse por el costo del obsequio. Siendo francos digamos que ni él mismo quedó muy convencido. El reloj tocó las campanadas de la hora en punto una vez sola para luego enmudecer de por vida.
Dos días después, el vecino de puerta en el condominio, de buenos modos pero con alguna impertinencia, le dijo que el ruido del reloj no lo dejaba dormir. Las paredes son muy finas, ticholos de diez centímetros iba pensando Ramón, mientras el vecino sugería que se llevara el reloj a una habitación interior, en tanto seguía pidiendo disculpas y reconociendo que poseía un oído muy sensible, al tiempo que él no tuvo más remedio que confesar su sordera. Pidió una semana de tolerancia, a lo que el otro accedió con un “no hay apuro, vecino, sólo quería que supiera...”
Dos meses más tarde el vecino se mudó. Entonces vino a ocupar su apartamento la vieja del batón marrón y el gato blanco de ojos rojos. Desde el primer cambio de mirada se supo que el gato y Ramón no serían amigos. Sin dudas la arisca mujer que nunca saludaba sospechó que el hombre mataría al gato no bien pudiera. Pero se equivocaba, no porque no fuera esa la intención de Ramón, sino porque él era incapaz de matar a nadie, hasta entonces.
El reloj había fijado domicilio en el dormitorio aunque con algunos tropiezos. Tuvo que clavar un clavo en la pared que quedaba a los pies de la cama y en eso tenía experiencias negativas y herramientas muy pocas. Le pidió un martillo al vecino del 206 que era de los pocos con el que tenía un trato, digamos, cordial, ¿o social?, más bien social. En la ferretería pidió un puñado de clavos y aclaró que era para clavar un reloj en la pared. El ferretero desenvolvió el paquetito de los clavos ya prontos para llevar explicando que esos eran para madera y que los que debía llevar eran estos otros ¿ve?, levantando uno a los ojos del cliente, que son de acero. Me va a cobrar más pensó, Ramón, y así fue. Al sexto intento el clavo quedó moderadamente firme. La escoba barrió del suelo los escombros de la casi demolición y el cuerpo robusto del reloj tapó los agujeros del revoque. Miró su obra acostado en la cama y le entró la duda de si el clavo aguantase el peso. Cada vez que le daba cuerda comprobaba la inestable seguridad de su obra. Nada pasó hasta el sismo.
La vieja de al lado enfermó y una sobrina más joven vino a cuidarla. El gato blanco pasó a dormir sobre un felpudo en la puerta principal del apartamento, en el pasillo alto, de uso común, oscuro y húmedo. Con el correr de los días cierto vaho se hizo habitual. La señora está enferma dijo el portero y la sobrina es muy limpia, agregó. Los restos de solidaridad del jubilado lo resignaron al silencio. El invierno lo confinó en el dormitorio. Allí estaba el televisor, la radio, el radiador de aceite, la colección de almanaques de Banco de Seguros, y el reloj chino. Se sentía protegido.
Una de las últimas veces que salió encontró al regreso una carta, que se había deslizado por debajo de la puerta; era de Adalberto, el hijo que vivía en Barcelona. En la letra del sobre reconoció la de su nuera española. Le conocía la caligrafía porque al final de los escritos breves y espaciados de su hijo, ella agregaba alguna cosa que invariablemente empezaba con: Papá. No la conocía, pero era amable. Ahora el sobre traía su letra. Ramón pensó en abrirla como es natural, pero decidió dejarla sobre la mesa y ahí quedó. Algo le decía que nada bueno podía anunciar.
Pasaron algunas semanas en las que se fue encogiendo en el entorno de su dormitorio. Su mayor distracción era la colección de anuarios del Banco de Seguros que años atrás lo habían convertido en técnico constructor de estufas de leña, aunque nunca tuvo ninguna. ¡Qué época!, pensaba añorando sus ilusiones de tener una casa de campo, él más ciudadano que el cordón de la vereda.
Otra tarde halló en el suelo carta de su hijo en Tenerife. El remitente era R.C. Pasaje Sitjá 16 _ Santa Cruz de Tenerife_ Islas Canarias. El matasello decía 2008-06-13. La dejó también sin abrir, junto a la otra.
No tenía teléfono por dos razones: ¿quién lo iba a llamar?, y era caro. Un uomo cualunque en aislamiento.
Lo único importante que le pasó por entonces fue el sismo de la madrugada del último domingo de julio. Dormía a las tres de la mañana. Oyó un golpe seco que retumbó y lo dejó sentado en la cama. Encendió la luz, miró la pared de enfrente y el reloj chino no estaba a la vista. No supo por qué, pero creyó que fue un sismo. Siempre tuvo temor a los terremotos, desde el de San Juan en el 45. De chico soñaba que el techo caía sobre su cama de bronce y lo aplastaba junto al colchón de lana y el elástico vencido. Nunca quiso decir terremoto por aquel recuerdo: decía sismo o seísmo que fue un término que apareció después. Cuando se levantó vio al reloj caído con los vidrios hechos añicos en el piso de baldosas, pero ni por un momento pensó que se había aflojado el clavo. Luego de tantos meses sólo podía voltearlo un sismo. Lo levantó y lo puso sobre la cómoda. Recordó haberle dado cuerda antes de acostarse. Estaba detenido a las tres y dos minutos. Hora del sismo se dijo. En el techo y las otras paredes no habían rajaduras, de donde concluyó que fue muy bajo en la escala de Ritcher. Caminó el apartamento para comprobar que todo estaba en su lugar. Volvió a la cómoda e intentó hacerlo funcionar, pero el reloj chino, su reloj chino, estaba muerto. Era el final de algo, no mecánico sino de algo muy importante de su vida.
Salió al pasillo. Encontró la bola blanca del gato de la vieja de al lado enrollado sobre el felpudo. No pensó. Las cesuras no son cosas de poesía, también de signos vitales, muy humanos y profundos. Le pegó la brutal patada con la pierna izquierda, la más hábil y poderosa. El doloroso aullido del animal llenó los silencios de todos los pisos del edificio. Ramón, inesperadamente ágil, entró a su apartamento y cerró la puerta con llave. Oyó conversaciones casi inmediatas que no pudo entender, pero nadie lo molestó.

Varios días después habló con el 206 que no tenía noticias de ningún sismo y lo miró con cara de “a este que le pasa”.
El reloj siguió inmóvil. Un día se dijo que el péndulo necesitaba algo de ánimo para retomar aquella cadencia de vaivén. Movió la boca para la izquierda y luego para la derecha. No dudó en creer que si hacía eso sesenta veces seguidas el péndulo lo iba a imitar. Minuto segundo uno, a la izquierda; minuto segundo dos, a la derecha; minuto segundo tres, a la izquierda; minuto segundo cuatro, a la derecha; minuto segundo cinco, a la izquierda. El problema estaba en que olvidaba el conteo y que nunca llegó más allá del cuarenta y tres. Estas incentivaciones al péndulo empezó a hacerlas de mañana y, a veces, de tarde. De a poco las fue haciendo más y más continuas. Hasta se dormía diciendo minuto segundo catorce mientras le corría una baba espesa por la barbilla.
Sintió que entraron varios que se lo llevaron escaleras abajo en una camilla. Al pasar por las otras puertas del edificio creyó ver a la vieja de al lado con el gato en brazos, al 206 moviendo la cabeza de un lado al otro y al portero diciendo “cualquier cosa me avisa”.
Ramón tuvo la certeza de que después del sismo allí no se podía vivir más.

Catalino

 

Gente busca Gente - Reiki - Punta del Este en fotos - Nueva Palmira - Cursos gratis - Aerografía - Serigrafía - Mecánica 2T - Ingles

Dueño alquila todo el año - La casa del Sol - mascotas - Arte on line - Astrología free - Amor y amistad - Mercury messenger - aMsn


Todos los derechos reservados del material en este sitio sin expresa autorización del autor. 2005/2008