Alberto se asombraba de las muchas cosas nuevas que su padre no conoció.
Se asombraba del avance de la ciencia, pero también, en correlato, de las transformaciones de convivencia en la sociedad actual.
- ¡Si papá hubiese visto esto!, decía estupefacto. Pensó que para darse cuenta de los cambios era menester morir y resucitar, volver después de un tiempo.
Claro que él no quería experimentar con la muerte. Nunca había sido héroe de nada y pensaba seguir así, manso y burgués. Aunque es hora de que hagas algo por lo que la gente te recuerde, se dijo.
A los días de dar vueltas al asunto se le ocurrió lo de la ausencia limitada. Llenó la camioneta de todo lo necesario para sobrevivir tres meses y salió con la 4 x 4 rumbo a un campo de sierra que la familia tiene en El Abrojal, sesenta kilómetros al norte de la ciudad.
La vivienda, bien conservada, aunque nadie se encargue de ella, consta de dos dormitorios, comedor, cocina y baño. Comiendo pasto andan unos animales que no se sabe de quién son, ni cómo llegaron; comen y esperan. Alberto no llevó nada con que comunicarse con el exterior. Antes de partir le sacó la radio a la camioneta para asegurarse el total aislamiento informativo.
Se fijó tres meses de clausura, pero no aguantó más de un mes.
Al cabo volvió para comprobar que nada había cambiado en el mundo en que vivimos. Algunos personajes nuevos repitiendo palabras viejas.
Algún asesinato despreciable casi igual a los miles de asesinatos por él conocidos.
La conclusión fue que perdió un mes.
La mayoría de los males le vienen a los hombres por no quedarse en casa.
Catalino