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¡Hay tantos
cuentos de cosas que suceden en las campañas electorales que cuesta saber si
lo que uno va a decir ya no lo ha contado otro, cambiando protagonistas en
el lugar de hechos que ocurrieron también en lugares distintos a los que uno
conoce!
O muchos años
atrás para que no haya testigos.
Ocurre en todo.
No creo que entre los que puedan leer esto haya alguno que no conozca el
cuento del que contrabandeaba pasto en carretillas, de un lado al otro de la
frontera, hasta que se descubrió que lo que contrabandeaba era las
carretillas. Todo muy simple muy directo, pero necesitando siempre la
existencia de una frontera. Un amigo argentino, muy fino él, que trabajó en
el servicio diplomático, me ubicó este cuento en Moscú. ¡Barbaridad!
Lo que van a
leer no requiere ninguna precisión geográfica y tampoco temporal. Me ocurrió
a mí, por eso no necesito contarlo en tercera persona como si se tratase de
otro.
Estábamos en
gira electoral y me invitaron a que dijera unas palabras ya que mi presencia
allí le daba prestigio a la reunión, a la gente y a los candidatos. Yo era
un aventajado estudiante de derecho, a punto de recibirme, como le decía mi
madre a todo el que le preguntaba como estaba el Cacho.
Era en un pueblo cercano de la
campaña chacarera, fervoroso, muy fervoroso, donde el 90% de los votantes lo
hacía siempre por nuestro viejo y querido partido. El público a favor motiva
al orador. Antes de mí hablaron varios. El edil había estado estupendo a
juzgar por los aplausos, y el diputado, a pesar de poner a José Artigas en
la Guerra Grande, desarrolló las consignas anticomunistas que, como siempre
ocurría por entonces, motivaron frenéticas aclamaciones. Cuando subí a la
tribuna advertí que era descomunalmente alta. Me dije que más que tribuna
era un cadalso. Miré hacia abajo y los vi ahí, hechos un montón expectante.
Me puse a reír con ganas. Al principio la gente hizo lo mismo, pero al cabo
de un rato quisieron saber de qué me reía. Uno, desde el fondo, lo preguntó
con un vozarrón de caña brasilera. “Es que ustedes me parecen gallinas
tomando agua; es decir, con el pico levantado mirando el cielo”, precisé
académicamente.
En el escrutinio el porcentaje de
votos que obtuvimos fue sólo del 5% si contamos los dos que nos anularon por
hojas marcadas.
Catalino |