Mi
mujer se llama Sofía. Más que mi mujer, dicho con el significado de
esposa, con amor, con ternura, es mi principal costumbre. Ahora es
baja y llenita, como suele describirse ella misma en una versión
graciosa que yo, sin maldad ¡eh!, internizo como vieja y gorda. No
voy a contar los comienzos de nuestros amores porque fueron como
todos, nos gustamos y chau. Luego se amontonaron las cosas
compartidas, yo asumí sus nuevas formas y ella mi calvicie. Nos
apoyamos el uno en el otro y nos toleramos las manías, los defectos,
los vicios, para detenernos y regocijarnos en las pocas virtudes que
nos van quedando. Nos entendemos y alcanza. Me disculpa y la
disculpo.
Sofía suele invitar a cenar a nuestros muchos amigos en pequeños
grupos, cada poco tiempo. Siempre fue muy sociable, aunque nunca me
gustó la incorporación gastronómica debido a que esas invitaciones
son con réplica. Hoy en la casa de uno y a los pocos días en la casa
de otro. El resultado es que todas las semanas cenamos en una casa
distinta, comidas distintas y ataques de hígado regulares.
Cuento los invitados a la cena y son ocho alrededor de la mesa,
ansiosos en sus sillas. De la cocina llegan prometedores olores.
Estos cincuentones están con las defensas bajas y saben que dentro
de poco tendrán que limitar sus opciones en las grandes superficies
a los omega 3, los sin sal, la carne magra y si es posible blanca.
Tendrán que aprender el idioma engañoso de los comerciantes: “sin
agregado de sodio”, por ejemplo. Pero antes no dejarán escapar esta
oportunidad de hartazgo. ¡Cochinos!
Estas cenas serían mucho mejor en silencio. Aunque yo no creo que
para ser ingenioso haya que pasar hambre, rescoldo de los románticos
del siglo IXX, sé por experiencia que la curva burguesa de la panza
se acompaña de cierta ramplonería intelectual.
Miro a Sofía. Creo que está cerca el momento de comenzar el relato
de su viaje a Madrid. De estas personas tengo la seguridad que nadie
lo ha escuchado. Tal vez Andrés. Por ahora falta alguien que le dé
el pie para que mi mujer empiece, como de costumbre, a alabar el
transporte público de la capital española. Luis habla de sus millas
en American Airways. Basta para mí, suspiro.
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Nosotros fuimos en Iberia, dice Sofía.
De
ahí pasamos al Museo de la Reina, “mi tocaya”, de la que admira que
siendo griega hable tan bien el castellano (¿O dijo la lengua de
Cervantes?). Esto es nuevo y espantoso. Resbala ladera abajo sin que
nadie la pueda parar.
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Yo no fui a los toros - digo
para parar la racha ditirámbica que se avecina.
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Estabas con hemorroides,
acota, y sigue con la pulcritud del Metro que no tiene nada que ver
con el de Buenos Aires, ¡tan sucio!. En la plaza mayor puso a Carlos
V en lugar de Felipe III y a la “avenida de los cuchillos” la
encontró menos peligrosa que los alrededores del Mercado Agrícola de
Montevideo.
Cierro los ojos. Tengo fiebre interior.
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