Corro la cortina del ventanal y veo agitarse el copete hirsuto de las
palmeras sacudido furiosamente por el viento helado del sur. Es el comienzo
del otoño, me digo. ¡Que será esto en invierno!
Lo sensato es abandonar esta península que imagino como la inhóspita
cubierta de un barco en el que no he estado nunca. Y sí, la abandoné. Por
cuatro días estuve en Montevideo gozando la tibieza de un apartamento hecho
para mis temperaturas internas, con un sol tan intruso como agradable.
Por fin, como ocurre con todo lo provisorio tuve que regresar. Me espera la
misma humedad, el mismo frío, la misma oquedad gélida que parece tener risas
de carcelero.
Sos de acá, Catalino.
Allá es sólo un recreo que te permitís de vez en cuando. Tus amigos de
barrio no existen, son fantasmas que hablan y cuentan sus cosas pero que no
te seguirán nunca porque ellos son de allá, ellos sí, no vos. Vos sos de
acá, de acá, de acá.
Ahora, al caer la tarde no hay viento. El cielo tiene matices rojizos, las
nubes son altas, pocas y estratificadas hacia el poniente. Por el ventanal
entró el sol en las últimas horas, pero afuera espera el frío que se adivina
en el aire gris.
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