
Manucho y Fernando eran amigos desde pequeños, habían nacido en el mismo arrecife de coral en las aguas cálidas del golfo de México.
No sin peligros de que fueran el "almuerzo" de otros peces más grandes habían corrido aventuras juntos desde que sus padres los dejaron solos una tarde soleada de diciembre.
Casi no se dieron cuenta que estaban solos, hacía un tiempo que habían aprendido de los peligros, así que siempre viajaban entre los corales, ramas y naufragios para no ser presa fácil de los depredadores.
No se podía confiar en nada que no fueran peces de su misma especie y algunos pocos más. Eran tan pequeños que practicamente todo el mundo era su potencial enemigo.
Manucho lucía a sus costados unas llamativas lineas blancas verticales sobre su piel color naranja brillante. Fernando era casi igual solo que tenía un par de rayas menos y sus ojos lucían unos antejos negros azulados alrededor.
Una tarde de juegos y aventuras se alejaron un poco más de lo habitual del arrecife. No vieron la sombra gigantesca arriba recortada contra el sol en la superficie. No se dieron cuenta como fue que su mar cálido y brillante ahora tenía límites. No entendieron como fueron a parar a ese estraño lugar transparente, con una imitación de arena en el piso y un sol que nunca se apagaba.
El tiempo de cautiverio en la pecera no pasaba para Manucho y Fernando, cada día recorrían centímetro a centímetro la pecera de vidrio. Nadaban sin parar buscando la salida al coral "de verdad" los plásticos que estaban en el fondo con forma de coral no eran su casa, no tenía el olor ni el color, además esas personas que estaban afuera molestaban y golpeaban el vidrio muy fuerte que casi les dejaba sordos.
El fín de esa tortura llegó para comenzar otra peor, una persona los compró a los dos y fueron nuevamente secuestrados y puestos en una bolsa de nylon con un poco de agua. El nuevo dueño les tenía preparada una "casita" en su hogar pero, ¡¡ohh sorpresa!! era más pequeña que donde estaban antes. El cambio fue para peor, ahora si no había escape ... se dieron cuenta en 2 días de recorrer la pecera de apenas 50 centímetros cuadrados.
La comida era igual o peor que antes y el agua se fue enturbiando con el pasar de los días, se volvió irrespirable y el musgo invadió todo.
Manucho y Fernando ya no jugaban, ya no buscaban la salida, habían perdido las esperanzas de libertad. El dueño se enteró cuando amanecieron los dos peces flotando los dos sobre el agua turbia y maloliente. Manucho y Fernando habían conseguido al final la libertad aunque el costo había sido alto.
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moraleja: Si te distraes jugando corres el riesgo de que otros te vean como buen negocio