
LA POESÍA DE WILLIAM SAN MARTÍNEn 1994 se ofrece la primera edición de los poemas de WILLIAM, en estos ejemplares el arquitecto Livio Incatasciato escribía a modo de introducción: " ...recorriendo ese espacio primordial poblado de gaviotas, lobos de mar y de ballenas: captand1o con intuición eidética la esencia de todos los fenómenos naturales, durante los largos y solitarios inviernos, cuando se apaga el impacto invasor de un turismo inculto sobre las playas. William en su imperiosa necesidad de expresión nos muestra la esencia holística de la cultura y de la vida, ha comenzado ahora a dictar sus poemas, no es fácil comprender sus pensamientos por la dificultad con que se expresa, así repite con paciencia infinita sus palabras, quien lo escuche deberá decir lo que comprende y él las irá negando tantas veces, hasta que de pronto sus ojos azules se muestran más iridiscentes y surge un grito gutural de su garganta, mientras lentamente levanta su mano y con el pulgar nos da su "Okey". Así, sonrisa tras sonrisa, hurra tras hurra, se fueron hilvanando estos primeros poemas de WILLIAM, donde nos muestra el mundo del Polonio, su mundo, el mundo. "EL RITMO POÉTICO DEPENDE ESENCIALMENTE, DEL PENSAMIENTO Y DE LA EMOCIÓN, MAS QUE DE LA FORMA RITMICA EN SI MISMA." E. DELACROIX (Pintor francés 1789-1863) "LOS POEMAS DESTILADOS DE OTROS POEMAS PROBABLEMENTE MORIRAN. LOS COBARDES SIN DUDA DESAPARECERÁN. LA ESPERANZA DE LO VITAL Y DE LO GRANDE SOLO PUEDE REALIZARLA LA CONDUCTA DE LO VITAL Y DE LO GRANDE. LOS ENJAMBRES DE LOS REMILGADOS, DE LOS DESAPROBADORES,DE LOS REPETIDORES Y DE LOS CORTESES, SE DESVANECERÁN SIN DEJAR NINGUN RECUERDO." WALT WHITMAN (Poeta Norteamericano 1819-1892) * WILLIAM ES MEDIO RARO *Por JULIO REQUENA (*)El zoomorfismo -la tendencia a creer en las formas animales- es una cosa extraña. Esta presente en las culturas de todos los pueblos como símbolo ritual o estético. La escultura, la pintura, la arquitectura de los templos, la poesía y el sueño onírico, han atrapado las formas animales y le han conferido un toque de misterio místico a las estructuras de los cuerpos animados. Ya sea como icono sagrado o como enseñanza esotérica, el animal ha sido representado en su esplendor primitivo bajo las múltiples facetas de la imaginación fabuladora. Desde la adoración totémica de las tribus a las metamorfosis mitológicas del pensamiento mágico, el animal se ha adueñado de la mente humana por su parentesco con su propia naturaleza instintiva. Al dibujarlo, esculpirlo o cantárselo en poesía, se ha querido invocar y evocar de un modo inconsciente la evolución milenaria y ancestral de las especies. William San Martín no ha podido escapar al hechizo del zoomorfismo. Habitante desde niño de Cabo Polonio (Uruguay), al respirar ese aire marino tapizado de olor a sal y coletazos de ballena naufraga ("la profundidad del mar es maravillosa", comprobará), el fulgurante "color de la arena blanca y rubia" le ha tatuado su piel inmóvil de espástico cuadriplégico, su piel humana mudándose continuamente en la piel del otro William, el poeta, el artista, el pintor, el músico, ese que se define a si mismo como "Ah, William / es luminoso como el sol, / alumbra a todos..." Gracias a su actividad artística su cuerpo se mueve en dimensiones infinitas, como los infinitos granos de arena de las dunas de Cabo Polonio: "Como pica el sol, ¡ah! / Es un fuego, es. / ¡Pobre William! / ¡Como se quema todo!". El horóscopo chino le asigna forma animal al nacido en determinados años. ¿Cual es la forma del cuerpo de William?. El mismo lo ha elegido: el lobo marino. Al iniciarse en la creación artística modelando lobos con arcilla, no ha hecho más que expresar su autorretrato psíquico. Identificado con el paisaje marino donde penosamente su cuerpo se desliza, el se pregunta en un eterno presente: "¿No hay lobos ahora?". Y los nombra como parte de su propia familia: "Las lobas están con sus hijitos / en las islas. / Los lobitos se ponen debajo de las piedras / para protegerse del sol / y se meten en los pequeños charcos." Su lenguaje poético no puede disociarse de su pintura descriptiva, y así la narración se vuelve verbocromía: "Lobo gris. / Medio marrón. / Marrón claro. / Cejas marrones / con dos pintas negras." "Ojos muy negros, claros." "Hocico negro, ¡muy negro!" y termina este poema comparando: "Hay días muy oscuros. / Igual que un lobo." Todo su entorno, todas sus palabras, parecieran estar insuflados por el aliento del lobo marino, síntesis del difícil andar de su cuerpo ("Me caigo mucho en la arena"). Las mujeres, las "Chichis" que pasan por esa playa, tampoco son una excepción a la hechura lobezna: "¡Tiene pelo negro, muy negro! / hay pocas cabelleras así. / Hay pocos pelos así. / ¡Una loba! / ¡Una loba chiquita!." Hasta para referirse a los indios se pregunta: "¿Qué comían, / un lobo?." Y retomando la descripción femenina: "¡El pelo de una loba! / ¡La cara de una loba! / ¡Muy linda cara! / Las cejas de una loba. / Pestañas de una loba." Su poesía, es indudable, le viene fresca, pura, ingenua, justamente por haberse quedado en situación admirativa de niño. Sus asombros sostenidos, sus perpetuas interrogaciones acerca de cada cosa, derivan de su espontaneidad infantil no exenta de un maduro filosofar que es producto de inquirir abierto, de una observación atenta: "Yo con una mano sola hago todo. / Muchos, ¿para qué tienen las manos? / ¡Yo lo sé! / Para hacer daño, mal, mucho mal...". Su mundo, visto con ojos de niño, no podrá ser sino bueno o malo, y su lenguaje se cargará de una intensidad natural, tan natural como la carrera en vaivén de la ola o la transfiguración de la espuma en la arena. Por eso William, que se separa de sí mismo para verse actuar, en un desdoblamiento de supervivencia ("Nunca se hundirá el mundo de William"), logra el balbuceo elocuente de lo pueril porque su estado de asombro es tan fuerte que no lo deja hablar, atragantado por la maravilla de un descubrimiento, o acorralado por el agradecimiento a la vida y el gozo de estar vivo. De ahí que alguno de sus poemas tengan un final inconcluso, y ese "Fin" cinematográfico que le pone a cada poema queda trunco invitando a proseguirlo en el silencio. Pero en ese espacio inmenso entre el mar y el cielo, la obsesión de William es el tiempo. Un tiempo cronológico que termina devorando todo, el que dice "¡Nada queda!" como una constante psicológica dramática y fatal, el alborozado optimismo de William cede ante la presión del fluir temporal, y sólo le queda oponerle la permanencia de su poesía: "Nunca tendrá fin este verso. / ¡Andará por todo el mundo". Lo existencial golpea a través de esos "Fin", y simultáneamente la vida nunca concluye: "Alguna vez será el final de la lluvia. / Nunca será el final del agua. / El agua de mar y la del cielo nunca tendrá fin". Y el enfrentamiento entre el existir y la muerte: "Esto nunca termina. / William no sabe cuando va a morir". El telón de fondo del objetivo, la realidad circunstancial, establece una neta separación con el sentimiento de perdurabilidad: "Como me gustaría una chichí a mí. / esto no tiene fin". O la referencia concreta de la pregunta por el tiempo: "¿En qué año terminará esto?", que se repite idénticamente en otro poema: "¿En qué año esto tendrá fin?". Y vuelve a cerrar otro poema: "Esto no tiene fin". Rubricará su pesar por la no-posesión: "Si María no me quiere me voy a morir / esto no tiene fin". Si hubiera que resumir quien es William, seguramente se tendría que recurrir a sus propias palabras cuando se define de esta manera: "William, ¿Qué dice William? / William, ¿Que habla William? / ¡Cosas muy raras!." Y conciente de su propia imagen reiterará que él no es igual a cualquiera, cualquiera que no sea poeta como él: "William es medio raro. / Tiene ideas raras que otro no tiene".
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