Yo era bueno en esto, y él lo sabía tan bien como yo, sabía que no era uno de esos que se los puede vencer en una batalla, sometiéndolos para siempre bajo la mano férrea de su voluntad, él lo sabía, sabía que vendería muy cara mi vida y la vida de mis soldados antes de rendirme, él lo sabía y yo también.
El sol asomó su corona dorada en el horizonte iluminando el campo empapado con la sangre de los soldados de ambos ejércitos, dos ideales, dos fuerzas, dos hermanos y dos colores: blanco y negro. Los hombres vestidos con elegantes armaduras negras, montados sobre caballos igualmente negros se abalanzaban sin titubear contra las largas filas enemigas de caballeros vestidos de blanco, dando a cada instante gritos de "por el Rey", demostrando así su devoción hacia el trono, aún sabiendo que se los enviaba a la muerte. Ambos reyes eran grandes estrategas cada uno a su manera y conocían las artes de la guerra.
El sol asomó por completo, reflejándose en las brillantes espadas de los soldados que combatían desde hacía horas en aquella brutal batalla, aquella era la definitiva, la última, y ambos reyes lo sabían. La batalla comenzó y el sol se tornó de un tinte rojo en los ojos de los combatientes y la sangre manchó caras, brazos, armaduras, espadas, escudos y cascos, hasta que solo quedaron los dos reyes mirándose desde los lados opuestos del campo de batalla, se acercaron con las espadas desenvainadas en la mano, se miraron un segundo y comenzaron a pelear.
La suerte favoreció al rey negro, quien muy pronto logró derribar a su adversario y le prometió la vida si pedía perdón de rodillas, pero el orgullo del rey blanco fue mas fuerte y el rey negro no recibió otra respuesta que un insulto y se dispuso a atestarle el golpe final con la espada en alto.
Allí dejé de imaginarme la batalla y volví a mi hogar, donde estaba jugando al ajedrez con mi hermano, quien me dirigió una mueca burlona desde el otro lado de la mesa, aquella jugada no la había previsto, pero tenía otro as bajo la manga.
El rey negro le atestó el golpe final a su enemigo, y este cayó muerto sobre el suelo ensangrentado, dichoso de haber triunfado se agachó sobre el cadáver presto a cercenarle la cabeza, pero cayó muerto bajo el filo de la espada que lo había atravesado por la espalda, de parte de un soldado moribundo a quien la vista se le había nublado por el ímpetu de la batalla, creyendo ver al enemigo de su rey, matando de esa forma al suyo y cayendo luego en las oscuras tinieblas de la muerte con una sonrisa en los labios mientras murmuraba "¡Por el Rey!".
ALDOUS