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xx
Escríbale a Catalino
Jorgelina

Las dos señoras están azoradas. No pueden entender cómo esta mujer que no tiene donde caerse muerta rechaza el trabajo en casa de los Izmendi.

No me conviene, señora.

Jorgelina,  - dice persuasiva la mayor de las señoras - es un trabajo que Ud. puede hacer y que tiene que venirle bien ahora que su pareja está sin trabajo.

¿Cómo explicarle a estas viejas estúpidas por qué no puede aceptar?

No, mejor que no. Sí, más bien que no, señora.

 

Las señoras se miran y se encogen de hombros mentalmente, pensando en la irracionalidad de esta gente que prefiere vivir entre la basura en lugar de trabajar.

Cuando lo cuenten en el Club de Apoyo no lo van a poder creer. En principio, es un desaire para los Izmendi que se ofrecieron con desinterés a tomar a esta pobre mujer que ahora dice que no le conviene.

¿El sueldo le parece bajo? Es lo que se está pagando en todos lados. Acá es con comida al mediodía. Yo conozco casas donde mandan a la muchacha para fuera al almuerzo y que después de comer vuelva a lavar los platos. ¡Y no los critico, eh! ; que la cosa está de no ser muy generosa.

Los de arriba de mi apartamento -agrega la otra- le permiten quedarse, pero la muchacha tiene que llevar la comida.

 

No se la comerán ellos, ¿no? dice la primera. Las mujeres ríen. Jorgelina, no.

 

Su hija tiene diez años y se ha desarrollado bastante para esa edad. Los muchachos la miran y la desean. Es natural. Pero Juan hace lo mismo, y no es natural.

El sentido alerta de Jorgelina le dice que no puede estar lejos de la casa, que no debe facilitar al hombre el camino de la carne joven. No hay otra razón. Pero no puede explicarle a estas dos satisfechas mujeres todo lo que la pobreza tiene de doloroso, además del hambre.

Recorre el recuerdo como en penumbra, el cuarto chico donde dormían todos juntos cuando a su vez fue niña. El dolor de la humillación, del manoseo, de los jadeos, del sudor y de la carne rasgada sin contento, se ha asordinado con el tiempo y tan sólo revive cuando el ciclo se reabre en su hija. No la dejará un momento. No le pasara a ella, no.

Por último, Jorgelina, tengo que estar en Caritas a las cuatro, ¡cómo se ha ido el tiempo! ¿Qué le digo a la Sra. Izmendi?

 

Jorgelina pensó contestar lo que Ud. y yo deseamos fervientemente que grite.

De manera rotunda, para que resuene en todas las mafias internacionales de la caridad, para que no haya dudas sobre las prioridades de los pobres, para que las carnes blancas y blandas de estas damas cebadas en harturas, y traicionadas en camas ajenas por sus burgueses maridos, se contraigan de horror; para que Dios sonría de la forma más dulce, porque si bien es cierto que Dios quiere a toda la gente, estoy segura que a Jorgelina la quiere más.

Sin embargo, se limitó a susurrar:

Que no.