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Cierro la puerta de la peluquería, espero que se extingan los ruidos de la calle, y me voy hacia el fondo de la vivienda arrastrando los pies cálidamente abrigados por las zapatillas marrones. No estuvo mal la jornada, como llamo al día de trabajo. Aunque ya no es como antes. Nada lo es. ¡Pero para qué voy a comparar tiempos y cosas, bah! Lo hecho, hecho está. Mejor, lo ocurrido ya me ocurrió. Por delante sólo un espacio indefinido, un tiempo que no sé siquiera cuánto va a durar.
Vuelvo a salir porque dejé el cartel en la vereda y debo entrarlo por las noches. "Peluquería Domingo - Pelo y Barba", el que me pintó Carlitos contra ocho cortes de pelo que no cobró. Dijo que le daba vergüenza que yo no le cobrara a cambio de un cartel que pintó en un momento, por lo que empezó a cortarse el pelo en su nuevo barrio, el Cerrito, y lo perdí como cliente. Pero quedó el cartel de chapa dorada con letras rojas y firuletes, apoyado en un caño vertical que lo ancla a una cubierta de goma rellena de cemento. No ha habido viento que lo haya tirado. Gran muchacho Carlitos. Cada vez que pongo o saco el cartel lo recuerdo con cariño. A veces viene, muy de vez en vez, viene con su ¿qué tal Domingo? Gritón, desde la puerta grita y se va, no me da tiempo a contarle cómo me va. Se aleja con el paso rápido de siempre; me alegra que sea como es. Yo no soy de los que digo que si no trabajo no sé qué hacer y por eso me quedo con la peluquería. Yo trabajo porque necesito dinero para vivir. Cuando no trabajo sí sé qué hacer. Comprendo que ése sea el drama de mucha gente; una vida foliando expedientes, cuando abandonan la oficina cuarenta años después, ¿a quién le ponen sigue o antecede? Esa es la razón por la que se mueren al poco tiempo de jubilarse. Fue el caso de Roberto Pereiro, Oficial 4° de la Inspección de Rentas, un hombre cordial, con su remolino de pelos en la nuca, la cabeza cuadrada de los buenos gallegos, siempre tan ordenado y puntual: los jueves a las 20:30 en verano y a las 18:30 en invierno. Además, pelo y barba. No como los de ahora que vienen a cortarse el pelo recién afeitados. Jubilado, duró sólo tres meses. Lo vi ponerse amarillo semana a semana. La penúltima vez lo trajo el hijo, y la última lo fui a atender en su casa. No me hace bien recordar estas cosas. Hoy cenaré un churrasco de cuadril hecho en el grill eléctrico, y una ensalada de apio, lechuga, tomate y manzana. Aceite de oliva ... y todo sin sal. Hacer la ensalada es una de mis ocupaciones preferidas. Lavo las verduras, un chorro de Agua Jane y las corto finas, con delicadeza, como si fueran pelos de adentro de la oreja. Me lleva su tiempo. Y voy pensando, cosas, de acuerdo al estado de ánimo. Esther, mi mujer, murió hace tres años. Mis hijos viven por ahí. De vez en cuando alguna nuera llama para saber cómo estoy. No tengo apio. De seguro que don Jorge, no viene más. ¡Le quedan tan pocos pelos! Lo más probable es que la hija se los empiece a cortar. Cincuenta pesos menos cada dos meses. Podría decirle que se lo corto por veinticinco, pero no es el estilo de la peluquería, y tal vez se ofenda. Tendré que resignarme a verlo pasar por la vereda de enfrente. Hay unas zanahorias en la heladera. Me gustan ralladas, pero dan demasiado trabajo, quedo con los brazos doloridos de tanto raspa y raspa. Y después hay que lavar el rallador. Esther. Mejor que mis hijos no vengan. ¿Cómo me van a decir que un día de éstos me dan un palo y me matan? Además, por lo qué se van a llevar... Esos siempre fueron así. No cerraré la peluquería porque los malvivientes anden haciendo de las suyas. Tiene razón el Dr. Borges. ¿Cuándo fue que se atendió? ¿Fue hoy de mañana, o ayer de mañana? No importa. Se cambia la ley y que la policía los mate. Se ríen de la justicia. Los honestos que trabajamos no tenemos seguridad. La gorda de al lado que visita a un hijo en Santiago Vásquez dice que allá adentro los tratan mal. Y no era mal muchacho el Mario. Los abogados se la comen viva a, Elena, la gorda, la vecina. ¡Qué desgracia! Bueno, no le iba a poner zanahorias y ya pelé tres. La vecina me aconsejó que las hirviera, que así dan menos trabajo; es lo mismo, dijo, no pierden el caroteno por hervirlas. Lo que pasa es que me estoy retirando de todo lo que es fuego. Me olvido de la caldera cuando caliento el agua para el mate. El café lo abandoné por lo mismo. Iba hacer otra cosa y ¡zas!, desastre. El Dr. Borges me advirtió: Domingo, una cosa por vez. Nada más que con este consejo tengo todo el tiempo ocupado. Le dije a mi hermano que a mí me daba resultado el uno a uno. Se rió y salió con que yo era un viejo de mierda, que hacía todo eso para no tener una mujer conmigo. Y si no conseguís mujer págale a una sirvienta. Siempre fue muy grosero. Nunca nos llevamos bien. Se casó con una negra que Esther no podía ni ver. Algo de racismo había. La negra lo ordenó unos cuantos años a mi hermano, y después lo dejó. Muerta Esther nos acercamos algo. Solos los dos, porque de mis hijos ni hablar de esperar nada, y él sin ninguno. Los recuerdos, la niñez, varias fotos de la familia, unas de él y otras mías, son lazos suficientes para mantenernos cercanos. Aunque por un rato, nada más que por un rato; no lo aguanto. O no nos aguantamos. Sí, no nos aguantamos, desde siempre no nos aguantamos. La Biblia es mi lectura nocturna constante. Mis días son como la sombra que se va (Salmo 102:11. Como la sombra que se va... ¡Qué linda imagen! Sueño con las sombras de las nubes algodonosas del verano deslizándose silenciosas sobra la arena caliente de la playa, entibiando los cuerpos tostados, extendidos, ensalitrados, abandonados en un tiempo infinito, y las olas que llegan y regresan, y las oigo, mientras las nubes llegan y se van... También recuerdo las mismas sombras sobre los campos verdes, esas que se confunden a la distancia con los montes de eucaliptus, o el moteado de los espinillos. Esas también se van, pero con el canto del viento. Como yo, razono, que estoy y me voy. Me acuesto con la radio encendida, con el volumen muy bajo, y me voy durmiendo. Es un hábito de los últimos tiempos. A mi radio se le rompió el dial y está fija en la misma emisora, en la que tocan siempre tangos. A la televisión, fuera de los informativos y los deportes, no la soporto. Dos horas y media para ver una película es mucho tiempo. Además, los actores hablan muy rápido y las escenas cambian a una velocidad que me deja sin saber lo que está pasando. Me hice amigo de la radio. Con Esther no podía. Ella no se dormía con ruidos. A yuyo de suburbio su voz perfuma, es Goyeneche. Las mañanas siempre son gratas, porque aunque desde mi casa de esta ciudad no se ve salir el sol, campana universal, hay en sustitución un silencio de primeras horas que se va retirando con esa claridad que le da forma a las cosas y es como un deslizamiento hacia la vida plena. El rumor de la colmena empieza con el aleteo de la primera abeja. Mi costumbre, es Ud. un hombre ordenado dice el Dr. Borges, es dejar todo preparado la noche anterior: el mate con yerba, la caldera con agua, todo listo. ¿Para qué quiero mujer? A veces me falta alguien con quién hablar de cosas que no se hablan con cualquiera. Me falta ese idioma de las manos a la pasada. La ternura de oír lo que no me importa sólo porque lo dice ella, sin tener la obligación ni de contestar ni de recordar. Con los clientes no se puede, ¿Ves, Domingo? A lo mejor tiene razón tu hermano. No. La vecina me dijo ayer que al Mario lo han trasladado de celda, que ahora está con dos que tienen buena conducta. Está más tranquila la pobre. No me puedo acordar del marido; ella dice que murió después que nosotros vinimos a vivir aquí, pero yo no lo recuerdo. Quería ir a buscar una foto, le dije que no. Le faltó el padre al muchacho, eso dice ella y puede ser cierto. Para criar hijos varones es mejor que tengan el padre vivo. Un hombre impone más respeto que una mujer. Debe ser porque, como varón, se pasa por momentos iguales. Un masculino, al decir de la policía, es otra cosa. El tomar mate no me ayuda tanto como antes. Ahora me da acidez. Es extraño lo que me pasa con la vecina. Al principio le decía la gorda, después vecina, luego doña Elena, y ahora Elena. La voy a invitar a comer. Pero tiene que ser afuera, por los demás...
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