|
Conocí a mi personaje cuando era director técnico de un club de fútbol del Cerro. El ingeniero Gentile resultó ser todo un tipo. Era el inventor de un zapato de fútbol para tirar corners. De acuerdo a los estudios que el ingeniero había realizado en la universidad de Papua, la conformación especial de su invento le daba a la pelota una rotación en el sentido de la portería adversaria que aumentaba la velocidad de la misma, luego de impactada de cabeza, en un 67,3 %. El zapato no había entrado en su etapa de producción porque había un detalle aún no superado: el jugador tenía que cambiar el calzado para tirar el corner y a esto, Gentile, no le encontraba solución. La "Zapatearía Manaos" le hizo llegar una oferta, a través de Havelange, para desarrollar el invento en común, pero ciertas dudas comerciales fueron dilatando la decisión. Al ingeniero le hubiese gustado más una oferta europea, por razones de mejores mercados. También era de tener en cuenta que Brasil, apto para competir por su "jôgo bonito" y ser "tetra campeô”, en el campo tecnológico no era muy creíble; aunque es probable también, que su entusiasmo por Mussolini y sus ideas, algo tuviera que ver con la reticencia, pues nada de gracia le hacía convertir su rubia genialidad piamontesa en una mezcla café con leche. Gentile sostenía, además, que los delanteros cabeceaban mal por defectos visuales y que, así como los clubes contrataban entrenadores y preparadores físicos, era necesario un oculista que recetara lentes de contacto y que permaneciera en la raya de cal con repuestos para casos de extravíos. El óptico presidente del club del Cerro, dejó media vida de trabajo proveyendo gratuitamente de lentes a más de veinte jugadores. Al principio, cuando luego de un encontronazo los lentes saltaban al césped, los muchachos se ponían a buscarlos desentendiéndose del juego, con lo que al término de la primera rueda se estaba al borde del descenso. Sangró la óptica con mayor provisión de prótesis de repuesto, y un punto tan solo, sólo uno, dejó al equipo en la divisional. El itálico entrenador e inventor no descuidaba la alimentación. El plantel dedicó un día entero a recorrer la zona del Totoral del Sauce buscando "llantén", que molido con galleta marina y mezclado en la sopa de fideos finos y huevos revueltos, produjo la mayor diarrea que se recuerda en el club. Después hablaron de salmonelosis. ¡Vaya a saber! Nadie deduzca por estas cosas que eran irresponsables. Simplemente buscaban los elementos de retorno a la grandeza perdida por un deporte que lideró en el mundo. La gente, en el Uruguay, no cambió de entonces a acá; por el contrario es más alta y más rubia. Cuando Gentile esgrimía este argumento pensaba, con algo de desprecio, en sus casi compatriotas los sicilianos. La búsqueda de elementos de apoyo externos, más que el interés deportivo, evidenciaba ansiedad científica. En el Cerro las ideas de Gentile encontraron gente muy receptiva. No sólo el óptico arriesgó su capital, muchos otros hicieron cosas similares. Se convencieron de que si practicaban en canchas de medidas ampliadas, jugar en los escenarios normales daría superior rendimiento. Consiguieron un campo enorme atrás de Rincón de la Bolsa, algo en bajada es cierto, pero calificado como dijo el secretario de actas, y martes y jueves, en el ómnibus de CUTSA propiedad de Jesús el tesorero, marchaban entusiastas, y volvían con el alma y el cuerpo doloridos. Las experiencias científicas y la etapa creativa de Gentile terminaron cuando a la hora del partido contra los buzones faltaban el utilero Fernández y las camisetas. El representante del sponsor - Tiendas "La Nueva Aventura" - pedía que lo llamaran por el celular, pero nadie le hacía caso porque ¿dónde se vio un utilero con celular?. El presidente fue como distraído hasta el centro del campo para entregarle un escrito al juez - mientras los líneas revisaban las redes de los arcos – junto a unos buenos pesos para que tuviera a bien esperar varios minutos más. Al fin llegó el utilero. Había ido hasta lo de la "muchacha". Había llevado las camisetas a santiguar. Gentile se despidió con un portazo de la puerta que había abierto de una patada de “la gamba siniestra”. Ese día ganaron. |