Soy la balanza de Juan
Juan me compró en el supermercado. Yo estaba arropada en la caja de
cartón, en estante superior, inclinada hacia atrás contra el
termocalefactor, entre el secador de pelo y la batidora, cuando lo vi
avanzar por el pasillo adelantando su grande y hermosa humanidad,
bamboleando de izquierda a derecha el vientre fláccido. Era un homo
sapiens sapiens, mandíbula recogida, cerebro desarrollado, el que
avanzaba hacia mí, entre las góndolas de electrodomésticos. Contra lo
que todos creen, a nosotras las balanzas, nos gustan los gordos. Somos
felices cuando crujimos bajo pesos descomunales. Estamos para pesar
kilos, no para registrar anemias.
Pero por una razón que no alcanzo a comprender los gordos no gustan de
sí mismos. Juan no es la excepción; es un claro ejemplo. Todo el tiempo
intenta permanecer en un lejano peso corporal que no es el que
actualmente tiene. Quiere ser como era cuando tenía dieciocho años,
pesar como entonces. No entendió aún, le es casi imposible entender,
que el hombre lo único que tiene igual, lo que en él permanece, es el
espíritu, la fuerza interior, el alma, pero que en cuanto a kilos, a
años, y a culpas se aumenta sin remedio, con la misma inevitabilidad de
las mareas.
Quizá convenga que dé algunos datos de mi dueño. Juan es ejecutivo
bancario. No se me pida que aclare lo que esto es porque no lo sé muy
bien. Tengo la certidumbre de que es social y comercialmente muy
importante. Lo advierto cuando le dice a su mujer decile que no estoy.
Claro que los estafadores podrían decir lo mismo para evadirse de sus
perseguidores, pero en este gordo mío hay contundencia, seguridad, que
no le salen de los temores sino del ombligo satisfecho. Decile que no
estoy. Tiene una hermosa voz.
Debo seguir con la historia. Desde el supermercado vine derecho a este
cuarto de baño donde me puso en el suelo. Yo estaba preparada, este es
mi lugar. Se me subió arriba y me sorprendió con una increíble mala
palabra. ¡Juan! Ahora lo conozco mejor y sé el origen de sus iras. A
veces pasan días que no me mira, es cuando está engordando. Yo lo veo
entrar con mi ojo redondo y numerado, pasa hacia el water de mal humor,
me mira y no, lo tiento y no, se baña y no, se seca y no, no quiere
saber cuánto pesa, el gordo.
Es un hombre culto y aunque su trabajo tiene que ver con los números,
las deudas y las ejecuciones, cuando sienta en el inodoro abre libros
que tratan de dietas y ejercicios. No habiendo nadie en la casa lee en
voz alta. Por eso conozco de proteínas, aminoácidos, hidratos de
carbono, grasas, vitaminas y minerales. Un gramo de hidrato de carbono,
4 calorías; uno de grasa, 9. También trae la calculadora y un cuaderno
Tabaré donde apunta cuidadosamente el contenido de sus dietas. El
azúcar y la sal de sodio, venenos. La yema del huevo es la forma más
concentrada de proteínas que existe. Juan dice: ¡se acabaron los huevos
fritos! En general, los científicos recomiendan lo siguiente: comer
alimentos variados, mantener el peso ideal, evitar el exceso de grasas
y aceites, grasas saturadas y colesterol, comer alimentos con
suficiente almidón y fibra, evitar el exceso de azúcar y sodio y, en
caso de beber alcohol, hacerlo moderadamente. También se acabó el
whisky. ¡Esto no es vida!
Una noche entró al baño y me pegó una patada. Suave la patada, pero yo
no esperaba algo así. Porque él es gordo, pero no tiene por ello que
ser mal educado. Y aunque enseguida quiso corregir su acto
indisculpable acomodándome contra la pared, lo cierto es que me pateó.
Supe luego que en los EE.UU. - ¿todo ocurre en los EE.UU.? – cambiaron
la relación entre el peso y la altura, de cuya división surge la
calidad de obeso. Le distanciaron la meta cinco kilos. ¡Con lo que le
cuesta bajar uno!La semana pasada volvió a quedar solo en la casa.
Trajo una mesa baja y la instaló frente al water. Una olla de buseca,
pan, vino y cucharón. A lo bestia. Comía, sonreía y me miraba con los
ojos vacíos. Un auténtico pitecántropo sentado. Le tuve miedo.
Regurgitó, carraspeó, estornudó y no quedó agujero, ni los de las
orejas, por donde no pasaran los vientos de la tormenta. ¿Habrá llegado
a la bulimia? Luego se me acercó con la suavidad de quien no quiere
despertar al lobo y subió toda su humanidad en la blanca chatura de mi
caparazón. ¡Ah! No fue tanto, dijo, mientras como Jehová a Moisés
solamente me permitió ver su espalda saliendo.
Lo amo. Sí, lo amo. Uno espera que alguien con ese volumen y ese peso
tenga gestos agresivos. Pero lo único que puedo reprocharle fue aquella
dudosa patada que ya conté. Todo lo demás es increíble delicadeza.
Nunca se pesó sin sacarse toda la ropa, ni antes de bañarse y secarse
bien. Hasta el reloj sumergible de ejecutivo bancario se saca y, en una
ocasión, el anillo de compromiso. Luego no salta arriba de mí, trepa
suavemente, como acariciándome con los pies, con levedad, como si
estuviera dormida y temiera despertarme.
Hace ejercicios, mi Juan. Pero eso lo voy a contar alguna otra vez.
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