Juan, apoyados los codos en el pequeño mostrador de madera, con el cuerpo echado hacia adelante, mira la avenida tan vacía de gente y de vehículos. Abrió recién. Recuerda los primeros años lejanos en que instaló el quiosco verde, inaugural, en este mismísimo lugar. El Intendente le dijo: no, en la esquina no, es peligroso. Te voy a correr un poco hacia el centro de la cuadra, es más seguro y hay menos ruido. Ahora no se oye ni un bocinazo ni una frenada ni se ven choques como en los buenos tiempos. Fue la construcción de la autopista... y la crisis, piensa. Nadie tiene trabajo. Los supermercados también hacen lo suyo. Los comercios de la zona se vinieron abajo, dejaron de vender. La ciudad cambió de ombligo, explica el Jorge, el que trabaja en la radio, especialista en desarrollo urbano según dice. Gente tan fuerte como los Cohen se fue. Es cierto que habían hecho mucha plata, pero don León le dijo: cierro antes de fundirme. Las piezas de género, por Dios, todas las novias y madrinas que se vistieron allí... Visionario, el judío. A veces viene a comprar la revista de economía y charla con él un rato. Todavía tiene buen aspecto, don León. Ahora soy un vendedor de quiniela y 5 de Oro, piensa Juan, comercialmente devaluado.
El muchacho llegó desde la calle Solares, la esquina más próxima, caminando por la vereda. Se paró frente a Juan y se quedó mirándolo. ¿Qué vas a llevar? Dame la plata que tengas y rápido porque estoy nervioso. ¡Lo que faltaba!, se dijo el quiosquero. Nunca lo habían asaltado, pero lo imaginó varias veces. Esperaba otra gente, no este muchacho con pinta de pobre diablo, un vaquero azul y una remera gris con la cara de Marylin Monroe. El largo pelo que sale por debajo de un gorro de lana amarillo y negro, de limpio debió ser rubio. Marginado, tal vez, esbozo de una primera definición. ¡No me mires, apúrate que no tengo todo el día!
En casa se habla de estas cosas luego del informativo de la televisión, pero pocas veces se supone que le va a pasar a uno. Es lo que dicen todos. ¿Y si te pasa, viejo? ¡Ah, le doy toda la plata, para lo que se van a llevar! El asunto es no hacer macanas, hay que mostrar siempre las manos y hacer movimientos amplios y pausados que no causen alarma en los delincuentes, como si se hablara sólo con mayúsculas. Consejos estos de un comisario en un programa de la tarde de la televisión cable. Recordar la cara es muy importante por lo del identikit o algo así. Por eso el Marilyn Monroe dice que no lo mire.
El asaltante no tiene armas visibles, aunque esconde la mano derecha en la espalda. ¿Me estás jodiendo, vos? ¿Me vas a robar de boquilla? ¿Por qué no te las tomás tranquilo y listo, pibe? Juan le tira con toda la cancha que tiene después de años de escolarizar en la calle. Aunque en algún instante piensa en abrir la puerta de costado y salir corriendo, le repugna dejarlo al otro robar a gusto. Por otra parte nadie se aleja así de lo que es suyo; el quiosco es su vida, desde aquí lo ha hecho todo. Es cierto que ya no es lo mismo, pero es lo suyo, lo más entrañablemente suyo y no va a huir, no.
A esta hora no pasa nadie por la avenida, es demasiado temprano. Los porteros empezarán a abrir las puertas de los edificios en unos momentos, pero no todavía. Los dos hombres se siguen midiendo en un tiempo de segundos eternos. El viejo palidece en progresión y siente la opresión de pecho que anuncia un corazón muy activo. El joven cambia la posición de las piernas, una adelante, ahora atrás, mueve la otra, es como si caminara en el sitio, un avance sin desplazamiento. Con la mano izquierda se rasca, nervioso, la cara; la derecha siempre atrás, oculta a la vista del asaltado. Vamos viejo de mierda, dame lo que tengas. El muchacho se alarma porque no reconoce la voz que termina de decir eso de vamos viejo de mierda dame lo que tengas. Se da cuenta que llegó demasiado lejos; también que esa voz, que sin ser de él es él, acaba de anunciar que no hay retorno. Siente que la empuñadura del 38 está caliente, húmeda, que ha perdido el frío original que tenía cuando la sacó del canasto de la bicicleta que dejó en Solares, a media cuadra.
Juan comete el error de calibrar mal la peligrosidad del asaltante. Su formación cultural, sí que antigua, lo lleva a pensar que nadie puede ser de verdad con una remera de Marylin Monroe. Con seguridad que no tiene armas. Advierte, además, que al otro le resbala el sudor por la cara sin afeitar. No tiene dudas de que en cualquier momento echa a correr. Tamborilea con los dedos impacientes sobre su mostrador de madera y grita con rabia: bueno, te vas a ir o te saco a patadas.
Entre la aparición del arma y el estampido casi no hubo un tiempo. No lo hubo ni para desear que la bala que iba a matar llegara lenta. El cuerpo de Juan quedó oculto en el interior del quiosco. Luego lo de siempre. Un patrullero, una corta persecución, varios tiros y la crónica roja que contará que un delincuente fue abatido tras resistirse a la acción policial cuando era perseguido por el asesinato de un quiosquero en el barrio...
Juan sigue en el piso. Los ojos de vidrio, la cara de asombro, las piernas dobladas, la sangre que continúa saliendo del pecho como el petróleo del Prestige. La avenida volvió a llenarse de los ruidos de antes. Coches que frenan apresurados, conductores que preguntan qué pasó, seis ambulancias llegando todas demasiado tarde, sirenas, y el portero explicándole en tono cómplice a la vecina del 304 que mataron a Juan. El sargento trajo la máquina de escribir y hace su trabajo, mientras espera la llegada de la Técnica, sobre el mostrador de madera donde Juan soñó, trabajó y murió una mañana cualquiera.
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