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La caminata.

No es un día para caminar. El viento, muy frío, sopla intenso desde las Malvinas. Cuando salí de casa, Manuel me preguntó si estoy haciendo un curso para kelper. Pregunta final, si la hay, ya que en Punta del Este nadie imagina que estemos muy vinculados a esa zona del planeta, más allá de las reclamaciones de nuestros hermanos y de una estúpida guerra entre correntinos y el Imperio Británico.
Pero sí que hace frío. La plaza del Faro, del lado de la estación meteorológica, fue forestada hace pocos días y sus pequeños árboles, pinos, álamos, gomeros, laureles, han aparecido quemados por la helada de la noche, aun visible en la escarcha que blanquea el césped amarillento.
Rodeo el Faro y la casa del comandante, por la derecha. Desciendo hacia la mansa, enfrentándome en la boca chica al feroz viento de la rambla. Uno de los caseros me hace un comentario sobre el tiempo. Le digo que si sobrevivimos vamos a ser los más fuertes.

- No tenga dudas - responde, mientras lucha con el cerco espinoso que resiste el talado de la tijera de podar. - Hace cuarenta y dos años que yo, al menos, resisto y se ríe con todos los dientes.

Me pregunto como será la risa de este hombre en verano. Es sabido que los peces mueven menos las mandíbulas con el frío. Este hombre no es más que un bicho al borde del mar. A veces lo encuentro saltando entre las rocas con su reel, buscando, buscando, dónde están, dónde están. Un anfibio cazador.

Comienzo mi caminata mirando para todos lados. Hoy faltarán, sin duda, muchos compañeros de ruta. La gordita del walkman y el braceo alto, voluntarioso, el pecho saliente que le envidiaría la Callas - Mio padre! -, ésa es seguro que no vendrá; ni la viejita que camina con dificultad, como de costado, con las manos detrás de la espalda, siempre vestida de marrón, igual todos los días del invierno.

Admiro a esta señora por su regularidad, aunque podría saludar, después de todo compartimos el espacio público. En fin. Otro que no estará será Luis, el de la inmobiliaria, que no sale sin su perro siberiano. Los dos están viejos, pero el que decide es el perro, demasiado friolento a pesar del origen. Además, Luis está muy enfermo; tiene la cara transparente, que no puede disimular con el atezamiento de los soles y fríos a que se somete con rigurosa puntualidad. El perro, que sin duda lo quiere mucho, se lo recuerda, se empaca y no sale. Creo que Luis lo agradece.

El viento me levanta el gorro Mao, verde, que tiene de chino no sólo la etiqueta "Made in China", sino esa atrayente deformidad no occidental, ese chanfle de origen, que hace que los gorros Mao no se parezcan a los más prolijos y elaborados que llevan los escudos e inscripciones universitarios. Ajusto el gorro y la marcha, que se hace sostenida, contra las rachas heladas que parecen aumentar la oposición a mi avance. A la altura de la plaza Gran Bretaña, al curvar la rambla, los edificios dan una inesperada protección, aunque comienza a caer aguanieve que le pone gotas a los lentes negros. Aprieto el paso y guardo las manos en los bolsillos de la campera amarilla.

El mar llega a la muralla; el agua y la espuma caen con violencia sobre la vereda de monolítico a franjas blancas y negras mojando hasta la calle. No voy a estar para saber quien ganará esta pelea milenaria. Amo a las rocas a quien nadie ayuda. Detesto al inflado mar abusador que se apoya en el viento para golpear y golpear. Persiste. Llega una y otra vez. Varía su fuerza, parece que se arrepiente, se serena, descansa y de pronto se abate tumultuoso, encrespado, violento. Lo odio.

Y sigo, porque lo mío es caminar. Colesterol, hipertensión, ejercicios musculares, calentamiento natural, vida saludable.

A la altura de la Plaza del Ingenio alguien me saluda desde un coche. Contesto tratando de no aparecer desganado. Saco las manos de los bolsillos y acompaño el paso con movimiento natural. Me voy a cruzar con alguien; me llama la atención el vaivén de su cuerpo alto que aún está a más de 100 m. A medida que se aproxima distingo primero la vestimenta: gabán verde oscuro, pantalones negros. Más cercano, casi al cruce, los ojos oscuros de un joven de unos 25 años, mirada intensa, aro en la oreja izquierda. Un palestino, bomba en la sinagoga. También él me miró. ¿Se habrá dado cuenta de que me di cuenta?

Estoy llegando al pequeño santuario donde creo que se adora a la virgen del mar, en la curva previa a la playa del Emir. Debo preguntar al padre Leonardo. Otro cruce. Un modesto trabajador de obra. Pienso que lo voy a saludar. Me acuerdo de la viejita que no saluda. Lo primero es la buena educación y hay que dar el ejemplo a estas personas que no han tenido, como uno, la oportunidad de educarse. En el verano lo hice con buen resultado. La mayoría contestaba.

- Buenos días - fuerte y claro. Pero no fui yo, fue el trabajador que lo dijo primero.

- Buenos días, señor. - contesté.

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