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xx
Escríbale a Catalino

Inmorible

El señor que me atendía en la oficina de impuestos, cuando estaba aquí a la vuelta nomás, debió morirse hace mucho tiempo; y sin embargo, sobrevive. Olía mal, recuerdo. Yo me decía entonces que aquel hombre viejo, alto, macilento, de ojos acuosos, movimientos lentos, piel verdosa, traje marrón como heredado de alguien mayor, cuyo nombre no sabía ni sé, simplemente, un día, iba a faltar a sus obligaciones de mostrador. Un día cualquiera dejaría que las manos de otra persona tomaran las carpetas amarillas, otros lentes de carey dieran el correspondiente vistazo de rutina, y otro funcionario con aire de importancia burocrática estampara los sellos de antecede y sigue con más prisa que él, sin duda. Me había comprometido a no preguntar cuando llegara el momento. Como no le sabía el nombre hubiese quedado muy mal averiguar por el empleado que está enfermo. Tampoco diría: ¿qué pasó con el señor que pasa por el mundo con esfuerzo?, forma alternativa que solía emplear para mi coleto.
Pero no supe el desenlace. Me trasladaron al sector correspondencia y desde entonces hasta hoy llevo las cartas al correo. Ayer lo volví a ver. Está igual. Al parecer trabaja en la misma repartición, aunque en el  nuevo emplazamiento, sobre la plaza principal, porque para allí caminaba. Me miré en la vidriera de un bar, moví con pena la cabeza y seguí caminando con los hombros encorvados y este dolor de cintura... hacia mi destino postal
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El gallo

C
uando hizo la apuesta el otro le dijo que jugaban por un par de pollos. Cuando la ganó, luego de reclamar bastante, el perdedor apareció con dos pollitos bebé, recién nacidos, amarillos de pico a cola y de ala a ala. Quiso protestar, pero terminaron riendo los dos. Eran buenos amigos y de allí en más los unió la anécdota que corrió por todo el pueblo con miras a permanecer en el tiempo y los corrillos. Las aves resultaron ser dos buenos compañeros de la muy pobre soledad en que vivía Serafín. Polla y pollo; luego gallina y gallo. La muchacha, como empezó a llamarla, ponía huevos, y el muchacho, ya gallo, cantaba en la madrugada recordándole a Serafín que ya era hora de darse vuelta, arroparse mejor y seguir durmiendo. Era un sin trabajo vocacional y permanente. Varias veces se dijo que pa' despertador era un lujo que no podía tener. Pensó en un buen puchero antes de que se pusiese demasiado duro. Pero fue tirando la decisión para adelante. Algún afecto le guardaba al muchacho. Entonces fue cuando llegó el milico a decirle que la vecina, doña Julia, se quejaba de que el gallo la despertaba de madrugada. Suerte que tenía unas papas y algo de zapallo. No estuvo mal.

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Belluscio

La ropa de Belluscio  tiene más agujeros que una flauta. La mayoría de ellos se los hace de noche cuando vuelve borracho y pasa por la cerca de alambre de púa de uno de sus vecinos. Es para caminar un poco menos, dice. Así durante años, el vino barato y el alambre, le dejaron en hilachas la ropa que alguna vez fue nueva y que ahora lo asemeja tanto a un espantapájaros. Los muchachos le gritan. Él recuerda su pasado de empresario textil sólo cuando está sobrio, y eso ocurre en contadas ocasiones. Fue asumiendo la degradación sin darse cuenta, bajando peldaños sociales, conciente de la inconsistencia de cualquier esfuerzo. La quiebra fraudulenta de la empresa, la cárcel con el infernal ruido de puertas de hierro, los ávidos abogados defensores, el padre infartado, su mujer que dijo no entender de finanzas pero sí de decencia, sus hijos avergonzados en el "college", sus socios ¡hijos de puta! Y aquí está Belluscio pasando todas las noches por el alambrado, sintiendo otro desgarro nuevo como forma expiatoria de lo que la justicia dictaminó que hizo mal y lo que aquel policía, sucio, le vomitó en la cara en el primer interrogatorio: me das asco.
Suele pensar si en realidad este es el fondo, si no hay algo peor. Cuando dejó la cárcel creyó en la recuperación social y económica. No fue. En verdad, nadie lo rechazó, pero tuvo la desgracia de ser un hombre de bien que una vez hizo una cosa mal.

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Susto de perros

Tengo que cruzar calles desconocidas de un barrio que no es el mío. Es una cita de amigos, lo que me lleva a pensar en la existencia de ciertas garantías. Es un poco tarde. La noche está muy obscura. La niebla húmeda es el valor agregado a un frío intenso. Los zapatos de suela delatan mi presencia y me siento más vulnerable aún. No es mi costumbre caminar en la noche. De pequeño dormía con la luz encendida, tomado de la mano de mi abuela. Más que tímido fui temeroso. La noche no es amiga, oculta las formas, disimula las intenciones. Temo el asalto surgiendo de un árbol de grueso tronco o desde el arbusto retorcido y traidor. Temo mucho a los perros. De estos tengo varios recuerdos ingratos. Una noche abrí la puerta de mi camioneta y cuando me disponía a bajar un perro enorme vino sin violencia ni apuro, abrió su enorme boca cerrando los dientes en la manga de mi campera de cuero, brazo incluido. Sus ojos perrunos no me quitaron la mirada de encima. Yo había leído que si a los animales se les mira fijo se van. Con éste no funcionó. Estuvimos así más de quince minutos. Él no quería irse; yo sí. Por fin conseguí en la guantera del coche una regla de madera y la tiré lejos: vaya, perrito. No se movió. Allá, allá, le indiqué con la mano. Siguió mirándome con las fauces alzadas, los dientes apretados y la mirada fija. Bajé con él siempre aferrado a mi brazo. Caminando muy lento llegué hasta donde estaba una rama de pino, volví a tirarla lejos y esta vez funcionó. El ladrido de los perros en la noche me trae siempre el recuerdo de la escena que conté. Me causa terror.

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