El señor que me atendía en la oficina
de impuestos, cuando estaba aquí a la vuelta nomás, debió morirse
hace mucho tiempo; y sin embargo, sobrevive. Olía mal, recuerdo.
Yo me decía entonces que aquel hombre viejo, alto, macilento, de ojos
acuosos, movimientos lentos, piel verdosa, traje marrón como heredado de
alguien mayor, cuyo nombre no sabía ni sé, simplemente, un día, iba a
faltar a sus obligaciones de mostrador. Un día cualquiera dejaría que
las manos de otra persona tomaran las carpetas amarillas, otros lentes de
carey dieran el correspondiente vistazo de rutina, y otro funcionario con
aire de importancia burocrática estampara los sellos de antecede y sigue
con más prisa que él, sin duda. Me había comprometido a no preguntar
cuando llegara el momento. Como no le sabía el nombre hubiese quedado muy
mal averiguar por el empleado que está enfermo. Tampoco diría: ¿qué
pasó con el señor que pasa por el mundo con esfuerzo?, forma alternativa
que solía emplear para mi coleto.
Pero no supe el desenlace. Me trasladaron al sector correspondencia y
desde entonces hasta hoy llevo las cartas al correo. Ayer lo volví a ver.
Está igual. Al parecer trabaja en la misma repartición, aunque en el
nuevo emplazamiento, sobre la plaza principal, porque para allí caminaba.
Me miré en la vidriera de un bar, moví con pena la cabeza y seguí
caminando con los hombros encorvados y este dolor de cintura... hacia mi
destino postal.
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El gallo
Cuando hizo la apuesta el otro le dijo que
jugaban por un par de pollos. Cuando la ganó, luego de reclamar bastante,
el perdedor apareció con dos pollitos bebé, recién nacidos, amarillos
de pico a cola y de ala a ala. Quiso protestar, pero terminaron riendo los
dos. Eran buenos amigos y de allí en más los unió la anécdota que
corrió por todo el pueblo con miras a permanecer en el tiempo y los
corrillos. Las aves resultaron ser dos buenos compañeros de la muy pobre
soledad en que vivía Serafín. Polla y pollo; luego gallina y gallo. La
muchacha, como empezó a llamarla, ponía huevos, y el muchacho, ya gallo,
cantaba en la madrugada recordándole a Serafín que ya era hora de darse
vuelta, arroparse mejor y seguir durmiendo. Era un sin trabajo vocacional
y permanente. Varias veces se dijo que pa' despertador era un lujo que no
podía tener. Pensó en un buen puchero antes de que se pusiese demasiado
duro. Pero fue tirando la decisión para adelante. Algún afecto le
guardaba al muchacho. Entonces fue cuando llegó el milico a decirle que
la vecina, doña Julia, se quejaba de que el gallo la despertaba de
madrugada. Suerte que tenía unas papas y algo de zapallo. No estuvo mal.
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Belluscio
La ropa de Belluscio tiene más
agujeros que una flauta. La mayoría de ellos se los hace de noche cuando
vuelve borracho y pasa por la cerca de alambre de púa de uno de sus
vecinos. Es para caminar un poco menos, dice. Así durante años, el vino
barato y el alambre, le dejaron en hilachas la ropa que alguna vez fue
nueva y que ahora lo asemeja tanto a un espantapájaros. Los muchachos le
gritan. Él recuerda su pasado de empresario textil sólo cuando está
sobrio, y eso ocurre en contadas ocasiones. Fue asumiendo la degradación
sin darse cuenta, bajando peldaños sociales, conciente de la
inconsistencia de cualquier esfuerzo. La quiebra fraudulenta de la
empresa, la cárcel con el infernal ruido de puertas de hierro, los ávidos
abogados defensores, el padre infartado, su mujer que dijo no entender de
finanzas pero sí de decencia, sus hijos avergonzados en el
"college", sus socios ¡hijos de puta! Y aquí está Belluscio
pasando todas las noches por el alambrado, sintiendo otro desgarro nuevo
como forma expiatoria de lo que la justicia dictaminó que hizo mal y lo
que aquel policía, sucio, le vomitó en la cara en el primer
interrogatorio: me das asco.
Suele pensar si en realidad este es el fondo, si no hay algo peor. Cuando
dejó la cárcel creyó en la recuperación social y económica. No fue.
En verdad, nadie lo rechazó, pero tuvo la desgracia de ser un hombre de
bien que una vez hizo una cosa mal.
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Susto de perros
Tengo que cruzar calles desconocidas de un
barrio que no es el mío. Es una cita de amigos, lo que me lleva a pensar
en la existencia de ciertas garantías. Es un poco tarde. La noche está
muy obscura. La niebla húmeda es el valor agregado a un frío intenso.
Los zapatos de suela delatan mi presencia y me siento más vulnerable aún.
No es mi costumbre caminar en la noche. De pequeño dormía con la luz
encendida, tomado de la mano de mi abuela. Más que tímido fui temeroso.
La noche no es amiga, oculta las formas, disimula las intenciones. Temo el
asalto surgiendo de un árbol de grueso tronco o desde el arbusto
retorcido y traidor. Temo mucho a los perros. De estos tengo varios
recuerdos ingratos. Una noche abrí la puerta de mi camioneta y cuando me
disponía a bajar un perro enorme vino sin violencia ni apuro, abrió su
enorme boca cerrando los dientes en la manga de mi campera de cuero, brazo
incluido. Sus ojos perrunos no me quitaron la mirada de encima. Yo había
leído que si a los animales se les mira fijo se van. Con éste no funcionó.
Estuvimos así más de quince minutos. Él no quería irse; yo sí. Por
fin conseguí en la guantera del coche una regla de madera y la tiré
lejos: vaya, perrito. No se movió. Allá, allá, le indiqué con la mano.
Siguió mirándome con las fauces alzadas, los dientes apretados y la
mirada fija. Bajé con él siempre aferrado a mi brazo. Caminando muy
lento llegué hasta donde estaba una rama de pino, volví a tirarla lejos
y esta vez funcionó. El ladrido de los perros en la noche me trae siempre
el recuerdo de la escena que conté. Me causa terror.
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