Doy por conocidos los rebrotes europeos en la Comunidad Económica, el drama de Sarajevo, de Kosovo, de Chechenia, la intransigencia de los fundamentalistas, los atentados en Buenos Aires a la embajada de Israel y a la AMIA.
Quiero traer un recuerdo de niño, aunque signifique descubrir los muchos años vividos por el autor, hasta ahora.
En ese entonces aparecían en las paredes - quizá escritas por los abuelos de los amargados de hoy - leyendas que decían: "sea patriota, mate un judío" o "no mate un judío, mate dos".
Existía un odio generalizado por los extranjeros que gracias a Dios venían a Uruguay con sus ganas de trabajo, de buscar nuevo hogar, de ayudarnos a despertar de la siesta, del mate y del asado. La primera mitad del siglo se desperezaba en guerras, y como se sabe, no se puede esperar que las convulsiones no nos lleguen. El mundo no se globalizó ahora, siempre lo estuvo, aunque de manera más sutil, no tan explícita.
A casa, puntualmente, en día y hora, una vez por mes llegaba con sus pies planos, el traje y la corbata arrugados, con la enorme valija marrón llena de cosas, un vendedor ambulante de Villa Muñoz, sudado, dolido por sus zapatos y su pobreza: era don Elías, el judío.
Yo pensaba cómo aquellos carteles se podían referir a este hombre que trasuntaba historia, resignación y bondad.
Aprendí a recelar de los xenófobos; que se les llama así lo supe después.
El carnaval brasileño es una magnífica respuesta de amor entre los hombres, de tolerancia por la diversidad.
Jorge Amado, el bahiano, escribió:
"¡Ni Dios, que hizo a la gente, puede matarlo todo de una vez! Va matando de a uno, y cuanto más mata él, más gente nace y crece y más ha de nacer y crecer y mezclarse. ¡Ningún hijo de puta lo va a impedir!"