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La mañana lo invita a caminar suelto, con la cabeza levantada, los
hombros echados atrás, haciendo sentir sus pisadas rítmicas, con el
braceo descongestionado que ayuda el paso por la vereda en bajada.
En las manos no lleva nada. En casa dejó el portafolios negro atestado de cosas. Es libre.
Catalino Sosa Pérez va a su clase de literatura, tercer año, del liceo
del Sagrado Corazón. Hoy tiene escrito y el tema que le va a poner a
los muchachos es: "Comentarios sobre Los albañiles de Los Tapes de
Morosoli". Sonríe pensando en la locutora de radio que se refiere al
cuento como "los albañiles de los teips". Saluda con alegría a un
vecino del barrio al que juzga, con acierto, muy buena persona. Es
hermoso encontrarse con gente así.
Lo que estoy contando se desliza por un sendero paradisíaco, va a oler
a perfumes finos, a cosas lindas, por un rato. Pero no puedo hacerlo de
otra manera porque ésta es la realidad.
Catalino Sosa, sin el Pérez hasta que fue profesor, goza de la mañana,
se siente vivir dentro del traje gris, de su camisa blanca
desodorizada, apenas ajustada por la corbata azul y verde que no fue un
regalo sino la compra con tarjeta, la primera vez con la primera
tarjeta, en una boutique de la capital.
Recuerda sus propios angustiados versos de la noche solitaria anterior
y los reprueba pulverizándolos bajo el espléndido sol de la mañana de
abril:
Ahí afuera hay un mundo que me espera agresivo, a mí.
Ahí afuera con sus bocas rojas abiertas
y los ojos en gris que no ven, a mí.
Una pareja mayor, sentada en un muro bajo, toma mate. Son dos ancianos
que están muy juntos. Ellos deben pensar, y envidiar, el paso decidido
del joven profesor; al menos así lo cree él. Una sonrisa, un mostrar de
dientes suficientemente claro como para que no supongan que los va
morder. La señora dice buenos días. Gracias, Dios.
La pared está encalada. Aparece cuando dobla la esquina. El grafito
negro, rotundo, más arriba de su cabeza, emerge chocante. De todo lo
que va de la mañana es lo primero, y no será lo último, que rompa la
armonía de las cosas. Catalino se detiene a leer.
Mientras los pobres esten
con hambre no seré feliz
Vuelve a leer: esten. Palabra aguda terminada en n, debe llevar acento
escrito en la segunda e. No trae el portafolios y por lo tanto, no
tiene ningún marcador para corregir la falta. Encuentra un vidrio, en
la calle, cercano al cordón de la vereda, y empieza a raspar sobre la
vocal hasta que aparece el rojo del ladrillo en una inclinación de
derecha a izquierda que corresponde a la tilde.
El patrullero se aproxima lentamente hasta detenerse a la altura del
grafito. Catalino y el acompañante del conductor se miran.
- El acento en la ene ...- dice el profesor a modo de explicación.
Los policías bajan con aire rutinario. El chofer tiene un cigarrillo en la boca. Contamina la hermosa y límpida mañana.
El acompañante abre la puerta de atrás y toma el brazo de Catalino.
- Pero...
Ahora lo empuja hacia el interior del coche bajándole la cabeza con la otra mano.
Mientras el patrullero arranca y los edificios empiezan a pasar, un
vacío sin definición se adueña de Catalino, único y encogido ocupante
del asiento posterior. No vale la pena explicar nada; quizá más
adelante. Advierte que las veredas se van poblando de gente que se
incorpora al ritmo habitual de la ciudad.
Ahí afuera hay un mundo que me espera agresivo...
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