Hace horas que estuve
esperando en mi cama vieja, en mi cuarto estrecho, en mi refugio
solitario, no sé qué, algo, con mucha fiebre y dolor de pecho, con el
diafragma pinzado, los dedos secos, los ojos hundidos, oliendo a muerto,
sin saberlo.
Es clara la noche. Me miro de frente detenido en un largo sendero ocre
de grandes hojas nervadas, humedecidas por la niebla blanca que cierra
sobre la galería de los altos árboles. Alguien viene caminando, pequeño,
desde la boca de un tubo estrecho, muy iluminado por una luz blanca,
neblinosa, como la que me lastima los ojos en las mañanas tempranas. No
traje los lentes cromáticos, me digo, lo lamento, ¿por qué sufro estos
olvidos tan a menudo? Lo que no me termina de gustar es que el tubo se
va cerrando detrás de la pequeña figura en la medida que avanza. Puedo
ver la boca del tubo adelantando, entonces, en la arboleda de álamos,
paraísos, tipas y sauces lluviosos, de troncos blancos y ramaje verde.
No hay pájaros. Ni ruido de pisadas. Todo es silencio. Siento los pies
húmedos, las medias de lana empapadas por el concluyente rocío de las
hojas otoñales y los grises calcetines de lana que las aplastan sin
quejas. Ahora la figura avanzante está cerca de donde yo veo toda la
escena. Va a pasar marrón como en desliz, como si fuera una foto antigua
de las que guarda mi madre en la cómoda. No la miro, estoy pálido, tengo
las manos blancas.
Yo, el observador, quedo muy sorprendido.
Sin saber por qué me voy con él. Me inserto desde su espalda. Encuentro
un hueco frío, cavernoso, al que doy vida. Vemos adelante, aunque somos
uno ya, los grandes ventanales la una mansión de ladrillos iluminada. El
jardín es enorme, de césped verde y húmedo, aunque sin ese olor a tierra
mojada que tendría que tener y no tiene.
Todo es luz. Fría luz en la noche que no viene de ninguna parte, pero
que está. No avanzamos rápido, parece que tuviéramos miedo de ser
descubiertos. Hay allí cercana una ventana oval. Pasamos sobre un
cantero de begonias y pensamientos que no se aplastan bajo el peso de
mis pisadas. Y ahora voy hablar en singular; en realidad, por más que no
sé cómo fue, no somos dos, sólo hay uno, soy yo. Me acerco a la ventana
que no tiene marco. El vidrio entra en los ladrillos sin más. Extiendo
las manos y toco. El vidrio no está frío ni húmedo. Es suave, de
terciopelo transparente, una delicada piel de mujer en las zonas sin
sol. Paso los dedos en círculos, en rondas de embeleso, muy lento. Una
vez y otra, otra vez más, muchas veces. Finalmente me detengo y miro.
La misteriosa oscuridad de la noche allí tiene un insospechado descanso.
En el interior de la casa, en lo que seguramente es el salón principal,
se baila. No se oye la música, qué curioso, pero se ven girar las
parejas, ellos de smoking negro y corbata de moño, y ellas de vestidos
blancos. Parece ser un vals, tiene que ser un vals.
Giran en el sentido de las agujas del reloj. Todas menos una pareja que
lo hace en sentido contrario. Ella con un traje talar violeta de cintura
alta, generoso el escote, manga abuchonada hasta los codos. Si yo
supiera de modas diría que parece salida de un cuadro de la revolución
francesa o de la época imperial. Lo viste una mujer vieja, desdentada,
con gruesas arrugas pugnando hacia los labios finos y ocultos, brocal de
una oquedad inútil. La piel de sus brazos manchada de pecas es lisa, en
contraste con la inexpresiva cara rugosa. Él, es Fred Astaire. Danzan
sin chocar con nadie. De pronto cambia el sentido de los danzarines y
también el de la pareja de la vieja y de Fred, pero él pierde la peluca
y envejece, en tanto ella es Cid Charisse, la hermosa bailarina que supe
que murió hace unos días.
Una voz que no sé de donde viene me dice que si entro a la sala de baile
no volveré al dolor de pecho ni a los feos olores humanos, que danzaré
para siempre, tal vez con las mujeres más bellas y graciosas que han
existido. ¡Esto no es el Infierno, Julio Daniel!
Comprendo que todos los que están allí están muertos. Quiero volver por
el sendero que me trajo, quiero meterme en la cama revuelta de mi cuarto
sin luz. Yo no soy de aquí, me digo.
Ya es tarde. Está bien. Es así. Mi compañera de baile es Ginger Rogers
Catalino
|