Yo soy un flaco interior a pesar de mis ciento veinte
kilos. Aunque antes no fui así.
Esta tirantez de botones, la incorporación de la ropa a la piel, el
jadeo que me produce trepar los peldaños de la escalera, aparecieron por
la cincuentena de la vida para sorpresa mía, primero, y después estupor.
La mirada sesgada de las vidrieras empezaron a devolverme un perfil
nuevo, desconocido. ¿En verdad soy éste? Y lo era y lo seguí siendo
hasta hoy. Más flácido, más redondo, tibio mejor.
La obesidad es una enfermedad se dice en los últimos tiempos y como toda
enfermedad que no produce dolores intensos, uno la va incorporando al
núcleo de las amistades. A los dolores también nos acostumbramos, pero
nunca serán amigos aceptados.
Lo real es que por las noches llevo a la cama mi humanidad pesada y la
duermo. Entonces pienso que dentro de mí hay un joven delgado, sin
abdomen, lleno de músculos y vitalidad. Así como se dice que en el
interior de los bloques de piedra hay estatuas escondidas, en esta bola
de grasa sufriente hay un Apolo no imaginado sino que fue real alguna
vez y al que no cuesta mucho recordar todavía.
El sueño me rejuvenece. Y cuando en el sueño, sueño, jamás soy este de
hoy tecleando en la computadora, alentado por la vieja rutina de una
Coca-Cola a mano, sino aquél que entrenaba en la pista de atletismo, o
jugaba fútbol, o corría por la playa admirado por las muchachas de la
época.
¡Seguí durmiendo gordo!
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